10 cosas que nunca dije a mi «tío Mike» Esposito

Traducimos a continuación el texto de Tony Isabella publicado como prologo en el libro Andru + Esposito. Partners for life (Hermes Press, 2006), un libro escrito por el propio Esposito y por Dan Best. Del mismo libro hemos escaneado las fotografías que acompañan al artículo.

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Andru y Esposito con su autoeditado Get Lost aún calentito (1953).


La PRIMERA cosa que nunca dije a mi tío Mike Esposito es que realmente lo consideré como un «tío» sustituto cuando llegué a la ciudad de Nueva York en 1972. Durante mi primer año como empleado en Marvel Comics, estuve en un estado perpetuo de sobrecogimiento por trabajar con tantísimos guionistas y dibujantes; y los cómics habían significado tanto para mí de joven. Si por aquel entonces yo aparentaba ser minimamente editorial -o competente-, era teatro. Incluso cuando traía correcciones en el dibujo y trabajos para Mike y mis otros «Amiguetes de la Oficina», gritaba repetidamente para mis adentros, «¡oh, tío, estoy trabajando aquí de relleno! ¡Estoy trabajando aquí de relleno!»

Bueno, no quería hacer esta introducción sobre mí y sigo sin querer. Pero como posiblemente no puedo competir con el asombroso nivel académico incluido en el libro que sostienes entre tus calientes manitas, tengo que recurrir al material personal. Y es difícil ser más personal que un aparentemente orgulloso e internamente aterrorizado chico de Cleveland que entra en las oficinas de Marvel Comics y, en su primer día, se encontrar con amigables veteranos de la industria que le recuerdan a sus tíos, allá en casa.

Esos tipos eran Mike Esposito y Frank Giacoia.

Stan Lee era mi ídolo. Sol Brodsky y Roy Thomas fueron mis mentores. Aprendí cosas valiosas de docenas de guionistas y dibujantes durante mis años en Marvel. Pero Mike y Frank, a pesar de mi gran admiración por su trabajo, eran como de la familia.

Había veces que invadía su espacio de trabajo solo para escuchar sus historias y para verles trabajar sin esfuerzo en lo que fuera que estuvieran haciendo. Ojalá hubiera tomado notas cuando Mike hablaba de su historia en el mundo del cómic. Si lo hubiera hecho, podría estar escribiendo libros como este en lugar de componiendo introducciones cursis. Ah, bueno, supongo que debería atenerme a mis posibilidades.

Siempre supe que podía contar con Mike como profesional. También sabía que podía contar con él como amigo. Puede que él no se diera cuenta de ello en aquel momento -o tal vez lo hiciera, porque era un tipo muy inteligente- pero había veces en las que lanzando un aparentemente insignificante fragmento de consejo, me evitaba cometer errores o, al menos, amortiguaba la caída cuando de todas formas los cometía.

La SEGUNDA cosa que nunca dije a Mike, o al menos no tan a menudo como debería haber hecho, es cuánto me gustaban sus colaboraciones con Ross Andru, John Romita y prácticamente cualquier otro artista con el que jamas hubiera colaborado. Hacía que los mejores parecieran tan buenos como siempre, y hacía que el resto parecieran mejores.

La TERCERA cosa que nunca dije a Mike fue que, de niño, tenía que cambiar dos o tres cómics de Superman o Batman para conseguir un número de Star Spangled War Stories con soldados luchando contra dinosaurios. Aquellos cómics eran el equivalente de los años 60 de los bonos del estado.


Esposito a mediados de los 60.


La CUARTA cosa que nunca dije a Mike fue que, «cómics de chicas» o no, todos los chicos de mi barrio tenían algunos números de Wonder Woman de Andru y Esposito en su pila de cómics. Ellos juraban que los habían puesto allí sus hermanas. Incluso los chicos que no tenían hermanas. No voy a especular por qué tenían ellos cómics de Wonder Woman, pero voy a deciros por qué los tenía yo. Oh, no te sonrojes. Era por cómo Ross y Mike dibujaban a Diana, parecía una de mis hermosas tías italianas. De algún modo encontraba aquello reconfortante. Cuando eres el chico más bajito y más listo de tu barrio y tomas el camino de vuelta a casa más largo -casi dirección opuesta- para evitar encontarte con ese compañero matón con un mal día, agradeces todo el consuelo que puedas obtener.

En caso de que te lo preguntes, no era tan perspicaz de niño. Me volví más listo al hacerme mayor.

La QUINTA cosa que nunca dije a Mike -y más vale que te prepares para sonrojarte- es que el joven Tony Isabella se sentía excitado por Karin Grace, la científica rubia con el jersey ajustado, falda ajustada y tacones altos de los seis números del Escuadrón Suicida que él y Ross dibujaron para The Brave and the Bold. Algo en la forma en que uno de sus zapatos pendía de su pie en un momento de peligro me fascinaba.

La SEXTA cosa que nuca dije a Mike fue que Metal Men era uno de los cómics más brillantes de todos los tiempos. No podías conseguir un número de Metal Men en los años 60. Tenía que comprarlo en la tienda de la esquina, y tenías que comprarlo la semana que salía a la venta. Podías, sin embargo, pedir prestados los números que se te habían pasado a los compañeros matones que necesitaban ayuda con los deberes.


Esposito en plena en las oficinas de Marvel (1978).

La SÉPTIMA cosa que nunca dije a Mike fue que nunca vi algo que considerase un mal trabajo del equipo Andru y Esposito. Sé que se llevaron algunos golpes cuando sustituyeron a Carmine Infantino en Flash, y que algunos aficionados pensaban que dibujaban a Batman demasiado achaparrado, pero yo nunca vi eso. Su estilo era diferente del de Infantino y los demás, pero nunca entregaron otra cosa que cómics emocionantes con una narrativa de primera.

La OCTAVA cosa que nunca dije a Mike fue lo mal que me sentí cuando me di cuenta de lo profundamente que se había sentido herido por una grosera reseña que yo había escrito de Up Your Nose and Out Your Ear durante mi época como escritor en The Comics Reader. No había leído la revista con justicia, no me di cuenta de que era una cosa peculiar, y lo desprecié con rápidas y crueles burlas. Alguien debería reeditar la revista para que pueda enmendarme.

Aquel día aprendí algo de Mike. Aprendí que había gente detrás de los cómics que reseñaba. Lo sabía a un nivel puramente intelectual, pero aquello me lo mostró a un nivel personal. No te diré que no volví jamás a escribir una reseña negativa o incluso cruel. Eso es parte del trabajo, y sin ello los que leen las reseñas no tendrían una línea base desde la que juzgar la calidad del material que alabo. Luego sí, hubo y habrá reseñas mías negativas y a veces crueles. Pero, cuando siento la necesidad de escribirlas, siempre pienso en Mike y me aseguro de que no estoy actuado para la multitud en el Coliseo.


El Team Up perdido: Spider-Man meets Esposito (1990).


La NOVENA cosa que nunca dije a Mike es que una de las razones de que me gustara tanto y por las que me gustaba trabajar con él, era que nunca dudé cuánto amaba el cómic. Para él y para todos los que se esforzaban duramente en la industria desde su nacimiento hasta el presente, era un trabajo. Pero cuando le escuchabas hablar sobre dibujantes, editores y guionistas, o aquellos sueños de editar que él y Ross persiguieron a lo largo de los años, estaba claro que para él era algo más que un trabajo. Y por eso es por lo que era tan malditamente bueno en su trabajo.

La DÉCIMA cosa que nunca dije a Mike es que me gustaría haber mantenido el contacto con él cuando me mudé de Nueva York a Cleveland, de Cleveland de vuelta a Nueva York de Marvel a DC, y todos esos viajes a lo largo de mi vida. Es muy fácil ensimismarse en la vida propia y descuidar a la gente que ha sido parte de esa vida de una manera que puede que ni sepa.

«Tío Mike» Esposito no es uno de los buenos. Es uno de los mejores. Es un privilegio ser aunque sea la mínima parte de un libro consagrado a él y a Ross Andru.

Y, en cuanto revise esta introducción y la envíe al editor, voy a telefonear a Mike y decirle todas las cosas que nunca pude decirle antes.