El siglo de las luces I: La condesa Epónima (Joann Sfar)

El siglo de las luces I: La condesa Epónima (Joann Sfar). Astiberri, 2012. Cartoné. 23,4×31 cm. 64 págs. Color. 18 €

Joann Sfar sigue siendo maravilloso. Es lo primero que pienso cada vez que llega a mis manos un nuevo cómic suyo, y afortunadamente eso pasa todavía con mucha frecuencia, a pesar de todo. En los últimos años Sfar se ha lanzado a la aventura cinematográfica, mientras sigue con su actividad como dibujante, alejado ya de aquellos años de producción casi febril en los que parecía querer batir algún tipo de récord. Sigue iniciando series sin cesar —Los viejos tiempos—, compaginándolas con historias autoconclusivas —Chagall en Rusia—, mientras que nos tiene a todos los seguidores de La mazmorra esperando que algún día se tome unas cañas con Lewis Trondheim y se acuerden de continuarla. Ahora vuelve a la carga de la mano de Astiberri —que si no recuerdo mal se estrena publicando al autor— con una nueva saga de extensión, como siempre, incierta.

            La condesa Epónima es el título del primer volumen de El siglo de las luces, y en él lo primero que descubrimos es que Sfar dibuja cada vez mejor. O al menos a mí me lo parece. Tiene una capacidad para captar el movimiento y las expresiones increíble, y nunca pierde la soltura de trazo que lo caracteriza, la ruptura constante de las normas canónicas. En esta ocasión tenemos al Sfar más acabado, el mismo que hemos encontrado en sus últimos trabajos editados en España, aunque en el epílogo nos regala algunos de sus dibujos casi garabateados, pintados luego con acuarelas, a la manera de Klezmer, que es sin duda mi Sfar dibujante favorito. También llama la atención la plantilla de página, formada por tres viñetas grandes y apaisadas, que a veces Sfar convierte en varias más pequeñas cuando conviene al ritmo. Y todas tienen los márgenes rectos, que era algo raro en sus tebeos pero que ya vimos en Chagall en Rusia o en su adaptación de El Principito y a lo que no termino de acostumbrarme: creo que le resta espontaneidad y libertad a su dibujo.

            En  La condesa Epónima Sfar entra en un terreno, el de la sátira, que si bien no le es del todo ajeno, quizás nunca había atravesado de manera tan clara. En toda su obra hay siempre humor y ganas de desdramatizar e incluso desacralizar todo, pero aquí tira con dardo, y con más mala leche de la que en él es habitual, aunque no le falte nunca una pizca. Básicamente, Sfar dibuja un certero retrato de las contradicciones de la Ilustración, la filosofía humanista y el choque con la cruel realidad de la esclavitud en el siglo XVIII, en las voces de una condesita frívola y pagada de sí misma que sólo busca satisfacer sus caprichos con una autoindulgencia sin límites, y el pazguato de su marido, que se lanza a escribir inspirados textos contra la esclavitud mientras dirige una compañía esclavista, y sin que vea en ello el menor conflicto.

            Lo divertido, claro, es que estas contradicciones, aunque estén exageradas, se encontraban en esa sociedad ya decadente del Antiguo Régimen, donde el comercio de seres humanos se simultaneaba con el discurso del buen salvaje. Sfar se ha documentado, y se nota. Por lo demás, por supuesto, el tebeo es puro Sfar y sus temas obsesivos están aquí, como siempre: el sexo, el amor, la religión, los anacronismos… Hay un animal parlante que filosofa, aunque muy diferente al gato de cierto rabino, e incluso hay un cameo de un personaje de otra serie, algo que no por habitual deja de divertirme mucho. La condesa Epónima está además llena de los juegos narrativos de siempre, que tanto le gustan a Sfar: por ejemplo, la pirueta que hace con la voz del narrador, o la deriva entre el drama y la comedia, o el violento contraste que produce cuando usa su dibujo característico para mostrar escenas muy desagradables. Tiene también la historia, en su conjunto, una estructura algo más cerrada de lo que venía siendo habitual en otros álbumes, aunque tampoco es tradicional, precisamente.

            Sfar en estado puro, como siempre. Hace tiempo que es uno de los autores de BD más importantes del momento, y por temas, tratamiento y alcance, el mayor de sus humanistas. Cuando pierdo la fe en el ser humano —aproximadamente siete veces al día— sólo leer un cómic de Sfar me la devuelve. Aunque cabe preguntarnos hasta qué punto no ha perdido capacidad de sorpresa: sean mejores o peores en cada álbum sabemos, más o menos, lo que vamos a encontrarnos, sus motivos, sus personajes, aunque cambien ambientación y punto de vista. Esa falta de ambición que lo caracteriza —creo de verdad que Sfar nunca ha intentado hacer una obra maestra, sólo busca divertirse— hace que me pregunte qué tebeos hará Sfar con cincuenta, con sesenta años, y si no será precisamente esa falta de ambición lo que hace de sus cómics lo que son, si no será inevitable esa sensación de que ha alcanzado un punto y ya siempre estará en él como autor, lo cual, hablando de quien hablamos no es poco, ni mucho menos.

            Son preguntas para el futuro. Ahora lo que nos importa, o lo que debería importarnos, es que Sfar sigue ahí, y no es poco decir. Porque empezó prontísimo, porque ha dibujado más que muchos colegas que le doblan en edad, y porque algunos otros en su situación estarían ya quemados o centrados en los rentables proyectos cinematográficos. Pero a Sfar le encanta dibujar. No concibe vivir sin hacerlo, y no puede quemarse quien dibuja sin presiones y sin pretensiones. Dibuja porque lo hace feliz. Y a nosotros de paso, también.