Frank. Filigranas del clima (Jim Woodring)


Frank. Filigranas del clima (Jim Woodring). Fulgencio Pimentel, 2012. Cartoné con sobrecubierta. 21 x 29 cm. 112 págs. B/N. 23 €

Leer las historias del Frank de Jim Woodring es una experiencia trascendente. Frente a otros autores que proponen recreaciones de nuestro propio mundo o reinterpretaciones de los viejos patrones narrativos y ambientes del cine, el cómic o la literatura, Woodring contrapone su particular viaje a un estado de conciencia inusual, a un universo con nombre propio (Unifactor) que no es otra cosa que la realidad superior a la que se accede rasgando el velo de nuestros limitados sentidos. Las historias que firma el dibujante se parecen más a las enfebrecidas imágenes del purgatorio de El Bosco que a las páginas de uno de sus maestros e ilustres compañeros de profesión, Robert Crumb. Si autores como Alan Moore, Grant Morrison o Alejandro Jodorowsky aluden al poder mágico de la narración en general y de la palabra en particular para acceder a niveles superiores de conciencia, Woodring hace lo propio desarrollando todo un sistema icónico fundamentado en la imagen y sin una sola palabra.

De niño, Woodring sufría alucinaciones. Eso y su incapacidad para acabar de aprehender el significado del mundo consensuado lo llevaron a interesarse en los sueños y estados alterados de la mente como revelación de una verdad universal. Su pulsión artística hizo el resto, y así acabó naciendo Frank, un ser antropomorfo reminiscente de los dibujos animados que deambula y experimenta situaciones extremas en un entorno natural y evocador. Si algo define a Frank, es su infinita curiosidad y su incapacidad para el aprendizaje. Las desagradables, violentas y terroríficas situaciones en las que se ve envuelto raramente culminan en una moraleja, al igual que no lo hacen nuestras pesadillas. Como en los dibujos animados, todo sucede para que pueda volver a suceder. Como en los dibujos animados, parajes vegetales, cuevas y sencillas edificaciones de carácter exótico son el paisaje neutro, primitivo y vivo, que nos aleja de constructos sociales preconcebidos. Como en los dibujos animados, se asumen el dolor y la tortura física como los compañeros de viaje. A diferencia de los dibujos animados, las constantes laceraciones y humillaciones no tienen como objetivo provocar la risa del espectador, sino estimular químicamente el cerebro del mismo modo que lo hacen las drogas para eludir la realidad consciente y alcanzar otra, mucho más profunda. El objetivo final de Woodring es salir de la caverna de Platón y vislumbrar al fin a quién pertenecen las sombras que consideramos reales. Para alcanzar ese objetivo, Woodring ha creado su propio código, un código basado en unos personajes simbólicos que prescinde de la palabra, porque la palabra es un sistema demasiado cerrado y lleno de connotaciones y carece de universalidad. Por eso también, Woodring evita en la medida de lo posible los objetos cotidianos y prefiere representar con imágenes aquello que no puede ser representado con la palabra, aquello que pertenece al reino de lo presentido.



Y así, la palabra de Woodring es el dibujo. Cualquier niño podría entenderlo, porque es un código instintivo, y cualquier persona del mundo podría comprender que los alucinados, simétricos y metamórficos seres que pueblan Unifactor son peligrosos. No existen en nuestra realidad, pero pueden ser imaginados convincentemente, luego podrían existir. De la interacción entre los personajes de Frank, proyecciones de distintos aspectos de la personalidad de Jim Woodring y por extensión del ser humano, nace el conflicto, y del conflicto nacen el aprendizaje y el conocimiento que Woodring tanto anhela. La inocencia de Frank contrasta con la ira y la violencia de Pupshaw, y la crueldad de El Antojo recae constantemente sobre ese Marrano Hombre que amalgama nuestra condición de humanos y animales, siempre debatiéndonos entre las convenciones sociales y los instintos y necesidades primarios. Es precisamente este Marrano Hombre quien protagoniza Filigranas del clima, primera historia larga, de más de 100 páginas, de la serie Frank (cuyo primer libro publicado en España reseñamos aquí). En esta ocasión el dibujante ha rebajado el nivel de hermetismo de su propuesta y casi podría decirse que, dentro de los psicodélicos parámetros habituales, nos encontramos ante la historia de Frank de sentido más diáfano. En ella, el Marrano Hombre es lanzado a un viaje iniciático “clásico”, una odisea impulsada por unos juguetones dioses del clima que influyen en su comportamiento a través de las ondas de tinta características de los cielos de Woodring. A lo largo de este viaje, el hombre-animal se irá humanizando, primero perdiendo el rabo, después adquiriendo el gusto por la ropa, y siempre a través del dolor y el sacrificio. Llegará a renacer –y bautizarse– varias veces, saliendo del vientre de un pez gigante –enlazando con mitos y religiones ancestrales– o abriéndose paso al mundo a través de una pequeña grieta-vagina tras ser dado por muerto. Extraerá de su interior aquello que le niega el equilibrio y será más humano al adquirir la capacidad de sonreír y caminar perfectamente erguido. Los dioses (o demonios, que también) burlonamente le ofrecerán revelaciones sobre el mundo que le rodea y sobre su propia naturaleza dual, y el Marrano Hombre llegará a constatar con sus propios sentidos la calidad de simulacro del mundo material, rasgándolo literalmente y echando un vistazo al otro lado. Break on through to the other side, que decían los Doors. Alcanzará el nirvana. ¿Servirá este viaje para establecer definitivamente al Marrano Hombre en ese estado superior de conciencia? ¿Existen infinitos círculos concéntricos de estados de la mente de modo que nunca pueda alcanzar la cima? ¿Podría haber algo que lo atase aún a la mezquindad, las penurias y los sinsabores de su estado anterior? ¿Se puede alcanzar un estado de equilibrio rodeado de caos, pasión y debilidad humana? Esas son algunas de las preguntas que plantea Woodring, que es tan inteligente –o tan ignorante– como para permitir múltiples interpretaciones a sus lectores, convirtiendo Filigranas del clima en una herramienta para el propio viaje de aprendizaje del lector. Si bien muy a menudo podemos pronunciar sin ruborizarnos aquello de “solo son cómics”, Filigranas del clima va un paso más allá y se encuadra dentro de la categoría del arte universal, atemporal y relevante. Aquel que tiene la capacidad de transformarnos.

Parafraseando al poeta francés Paul Éluard, hay otros mundos, pero están en este. Concretamente, dentro de la cabeza de Jim Woodring. Y de la nuestra.