Daredevil: El hombre sin miedo I. La sonrisa del diablo (Mark Waid, Paolo Rivera & Marcos Martín)

Daredevil: El hombre sin miedo I. La sonrisa del diablo. Panini, 2012. Tapa blanda. 25×17 cm. Color. 144 págs. 12 €

Daredevil es quizás el personaje secundario por antonomasia de Marvel. Ha tenido en su serie a grandes autores y a ilustres desconocidos, ha conocido la gloria de la mano de Frank Miller y ha atravesado etapas sumido en el ostracismo más absoluto. Como a casi todos los personajes de la casa, le ha pasado de todo. Pero siempre vuelve. Porque Daredevil mola. Así de simple. Sus poderes molan un montón, él mola un montón. Pero, al mismo tiempo, puede que sea el personaje más complicado de guionizar de la editorial, no sólo por su naturaleza, sino porque la marca de Miller pesa muchísimo. Tanto es así que desde que él dejó la serie, ésta se ha ido reinventado en función de su etapa, abrazándola o negándola, siendo su positivo o su negativo. Ahora toca el negativo.

            Mark Waid es el encargado de relanzar, una vez más, a Matt Murdock. Aún estoy por leer un cómic de Waid que no sea, como mínimo, legible. Es un profesional de la vieja escuela que conoce los mecanismos clásicos del género y los aplica con pulcritud y esmero, tomándose en serio su trabajo y a los lectores. Por supuesto, como muchos otros viejos zorros de su quinta, es completamente incapaz de ir más allá de eso. Waid es demasiado ortodoxo, está demasiado atado a cómo deben ser los cómics de superhéroes para hacer algo diferente o novedoso. Pero en su descargo hay que decir que lo sabe, lo asume, y no pretende engañar a nadie. Sus dos primeras historias en la serie, que abarcan los seis primeros números, tienen todos los ingredientes que gustan a los viejos fans: villanos clásicos, guerra de bandas mafiosas, o la aparición estelar de algún otro héroe con el que Daredevil pueda intercambiar golpes. Se afana en recuperar la faceta de abogado de Murdock, lo cual en realidad no deja de ser una constante en sus relanzamientos. Hay un esfuerzo claro por buscar nuevas aplicaciones a los poderes sensoriales del héroe, por encontrar nuevos enfoques para ellos. Algo que, otra vez, es una constante siempre que llega un guionista al título.

            Como decía, Waid escoge presentar a un Daredevil feliz y despreocupado, como pudo serlo en sus ingenuos tiempos preMiller. Para ello no tiene reparos en hacer tábula rasa con los últimos años, lo cual, pese a lo artificial que puede resultar, favorece la incorporación de nuevos lectores. Daredevil llevaba más de una década siendo una serie de género negro de la mano de Bendis, Brubaker o Diggle, donde Daredevil no es que descendiera a los infiernos, por citar el tópico, es que le pateó el culo a Satán y se hizo un adosado en pleno centro. Borrar todo eso en una sola viñeta en la que Matt, simplemente, dice que elige olvidarse de todo y vivir la vida, es una convención más del género que permite salir de un callejón sin salida y que dependerá de cada lector si lo acepta o no. Queda, eso sí, el hecho de que el público sabe que Daredevil es Matt Murdock, aunque él lo niegue, entre molesto y divertido.

            Pero si estamos hablando de un cómic con un guión tan rutinario es por el espectacular trabajo artístico que ofrece. Paolo Rivera y Marcos Martín son los dibujantes, que se turnan en los arcos argumentales, Joe Rivera entinta los números de su hijo Paolo y Muntsa Vicente y Jaime Rodríguez aplican el magnífico color. Son un grupo de profesionales que realizan un cómic en el que se implican, en el que intentan poner lo mejor de sí mismos aunque sea un trabajo de encargo. Rivera y Martín son dos extraordinarios dibujantes que además se caracterizan por su inquietud, que les lleva, sobre todo en el caso de Martín, a inventar algo nuevo en cada página. Saben de dónde vienen, y a dónde van: en sus páginas uno ve ecos de Ditko, de Romita, de Miller —especialmente en las manchas de negro de algunas viñetas, y en la composición de la página—, de Darwyn Cooke, pero al mismo tiempo yo he tenido la sensación de estar ante algo completamente nuevo, que no se había hecho antes. Esto crea un inevitable desnivel entre guion y dibujo: Martín y Rivera quieren avanzar, no perpetuar un modelo caduco, y van mucho más allá de lo que plantea Waid.

            Esto es posible, para empezar, porque ambos saben dibujar. Esto, que puede parecer una obviedad —cómo no van a saber, hombre, si trabajan en Marvel—, no lo es tanto si matizo: saben dibujar de todo. Rivera y Martín saben dibujar un sofá, una boca de riego, unos hornillos en una cocina, saben dibujar feos, o a un viejo, o a un gordo, saben dibujar gente vestida de manera normal y que parece gente actual, de la calle. Saben dibujar cuerpos sin músculos hipertrofiados. Dominan la perspectiva y los recursos básicos de la historieta. Ahora echad un vistazo al resto de dibujantes de la editorial y decidme cuántos pueden decir lo mismo.

            Partiendo de esa base, los dos dibujantes se lanzan a la aventura de la experimentación con increíbles resultados. Evidentemente, Daredevil no es cómic para vanguardias radicales, pero dentro de lo que permite, Rivera, y sobre todo Martín, ofrecen mucho y muy interesante, en especial en la secuenciación de las viñetas, con la que consiguen que cada página sea un regalo. Son capaces de convertir la pelea más sobada entre el Capitán América y Daredevil en una secuencia de acción espectacular y sorprendente. Y sobre todo se explayan con las posibilidades que dan los sentidos aumentados de Daredevil y su radar: por ejemplo destacando aquello que llama su atención de manera muy visual, desterrando los típicos cartuchos que informarían de ello, o dibujando el sonido de manera magistral, o jugando con las onomatopeyas, en ocasiones con efectos geniales. No sé si Martín sigue a Chris Ware, pero leyendo sus páginas he tenido la impresión de estar ante el primero intento serio —y exitoso— de incorporar algunos de sus recursos gráficos a un cómic mainstream. Y me parece muy significativo que mientras la tendencia general en el género sea la de abandonar poco a poco el uso de los recursos netamente historietísticos —los globos de pensamiento, las onomatopeyas—, Rivera y Martín los abracen sin complejos y los usen para crear un producto increíblemente sofisticado.

            El resultado de todo esto es un tebeo que da gusto leer, así de sencillo. La forma de la narración se come al fondo, cierto, pero si analizamos el tebeo como creo que debe hacerse, como un todo, nos encontramos con una pequeña joya, que además supone una ventana abierta por la que entra un poco de aire fresco a los viciados salones de Marvel. Daredevil, además, creo que gustará tanto al lector de toda la vida como a un lector ocasional que se acerque a ojearlo, porque es un cómic bonito, atrayente, y visualmente impecable.