Nueva York, tiendas y una exposición

Para un amante del cómic, una semana en Estados Unidos da para mucho, pero si además uno se las arregla para que la Small Press Expo sea el colofón de su viaje, el resultado puede ser espectacular. Pero empecemos por el principio.



Este año, Iñaki Sanz y el que suscribe decidimos cruzar el charco para ver en directo qué se cuece en la escena editorial independiente norteamericana. Como somos casi humanos, aprovechamos los días previos a la cita con la SPX para hacer un poco de turismo en Nueva York… donde casualmente podía visitarse una monumental exposición de Chris Ware. Sita en una calle residencial (baste decir que nos conectamos a una red wifi llamada jolie_pitt) y en un recito muy recogido (un par de pequeñas habitaciones), la exposición sobre la última obra de Ware, Building Stories, nos estalló en la cara. No por previsible resulta menos sorprendente encontrarse rodeado por más de 70 originales del dibujante de Omaha, muchos de ellos pertenecientes a su última obra y algunos del ACME Novelty Library 18, que vendría a ser la primera parte de todo este asunto. Páginas de un tamaño gargantuesco y un precio rockefelleriano: entre 3.500 y 7.000 dólares. Páginas en las que se podían ver las anotaciones en los márgenes hechas con lápiz azul y una letra minúscula, páginas en las que las correcciones en tinta blanca y adendas recortadas y pegadas desmentían la extendida creencia de que su autor es un autómata infalible, páginas en las que ya solo el rotulado era motivo de admiración y pasmo.



En el mismo centro de la exposición, el modelo recortable completamente armado de la casa en la que transcurre la acción del cómic. Un modelo cuya construcción requiere al menos la misma concentración, dedicación y delicadeza que emplea el propio Ware en sus dibujos. En el interior del modelo de la casa, mesas, camas, macetas, teléfonos, lámparas… todo ello construido a su vez en papel, y en los bajos, dos pequeños cajoncitos donde guardar los elementos que uno no encuentre adecuados a la hora de amueblar el interior, como si de un juego infantil se tratase. De todos es conocida la pasión de Ware por los juguetes articulados, aquellos que requieren de la participación humana para acabar de ser funcionales, y esta maqueta no dejaba de ser otra variante del tema. Por una parte, la posibilidad de modificar el mobiliario, y por otra la posibilidad de mirar por las ventanas y asistir al espectáculo de lo que sucede dentro como si fuésemos voyeurs. Un poco lo que hacemos cuando miramos un cómic, un libro, una película. Por si esto fuera poco, el modelo reforzaba el que nos parece uno de los temas de Building Stories (y lo decimos atendiendo a su formato, sin haberlo leído): la deconstrucción del relato en muchas facetas distintas, la posibilidad de ordenar la lectura de distintas formas y la capacidad de un mismo medio de impactar en el receptor de múltiples maneras en función de su forma, tamaño, textura y consistencia. En su doble acepción como juego de palabras, Building Stories, no solo se vertebra a partir de los pisos de edificio, sino que incita al lector a ser él mismo quien construya las historias (o el modelo), las jerarquice y las instale en su memoria del modo adecuado.



A punto estuvimos de golpear con una raqueta de tenis al propietario de la galería, el señor Adam Baumgold («my favorite person in the world is Rafa Nadal«), y salir con un par de originales debajo del brazo, pero su avanzada edad nos conmovió y el recuerdo del arresto de un muchacho de unos 12 años el día anterior frente a nuestros ojos acabó de disuadirnos. Como irnos con las manos vacías habría sido una especie de derrota, compramos un póster firmado por Ware… un póster impreso por las dos caras, que de nuevo obliga al comprador a intervenir, a decidir qué cara mostrar al colgarlo en la pared. Y todavía hay quien dice que Chris Ware es un autor frío y distante, cuando en realidad lo único que hace es intentar quitarse de en medio y dejar en manos del lector la respuesta emocional, la decisión y la manipulación del material que él produce. Ya con el póster en la mano, estampamos nuestras firmas en el libro de visitas, justo después de la de un tal David Mazzucchelli, un nombre que nos resulta vagamente familiar.

La visita a Nueva York tampoco podía estar completa sin la peregrinación a alguna que otra tienda de cómics. Muy cerca de Times Square, en un segundo piso, se sitúa Midtown Comics, lo más parecido que hemos visto nunca a un supermercado del cómic. Tan solo se exponen las cubiertas de los números mensuales de grapa de infinitas colecciones de Marvel, DC, Image, Dark Horse y similares, mientras que el resto de cómics se conforman con mostrar sus lomos depositados en estanterías. Largas colas para pagar (a pesar de contar con 3 o 4 dependientes en caja) y mucho merchandising. Digamos que Midtown representa el mainstream del cómic norteamericano y que allí la grapa es la reina.

No llegamos a entrar en Forbidden Planet, que acababa de mudarse un par de manzanas al sur pero que sigue estando en Broadway. Si la memoria desde la anterior visita no me falla, tampoco nos perdimos gran cosa: el stock de la tienda no es muy distinto del que puede encontrarse en otras como Midtown, característica que comparte con la franquicia de la cadena situada en Glasgow (inciso: uno se pregunta cómo diablos han adquirido cultura comiquera Grant Morrison o Frank Quitely en una ciudad tan pobre en tiendas de cómics como Glasgow).

Desplazándonos un poco geográfica y estilísticamente, encontramos Jim Hanley’s Universe junto al Empire State Building. Aquí la cosa cambiaba bastante. Además del material presente en Midtown Comics, podían encontrarse tomos de cómic underground, expositores dedicados exclusivamente a Jack Kirby o a Steve Ditko (incluyendo sus trabajos actuales), a editoriales más alternativas (Fantagraphics, Drawn & Quarterly) e incluso una interesante selección de minicomics o de material cercano a lo que publica Picturebox. Una tienda muy recomendable para aquellos que pican de aquí y de allá. Eso sí, como en las tiendas españolas, el dependiente estaba diariamente acompañado por el inevitable cliente charlatán. Digamos que JHU se acercaba bastante al concepto de tienda española que nosotros conocemos, con abundancia de superhéroes pero sin abandonar otras vertientes del cómic.

La visita absolutamente ineludible durante una estancia en Nueva York es sin duda The Strand, cerca de Union Square. “18 millas de libros”, reza su lema, y pensamos que a lo mejor hasta se quedan cortos. A pesar de no ser estrictamente una tienda de cómics, su selección viñetil es bastante impresionante, con el atractivo añadido de poder encontrar algunas ofertas apabullantes (obligué a mi socio a comprar el Jack Survives de Jerry Moriarty por 10 dólares y él me obligó a mí a dejar The R. Crumb Coffee Table Art Book que marcaba poco más) y una buena cantidad de antiguos libros recopilatorios de humor gráfico y tira de prensa a muy buen precio. Y, por supuesto, sus bolsas de tela ilustradas por Art Spiegelman, Seth, Robert Sikoryak, Adrian Tomine o Daniel Clowes. Una tienda en la que perderse, literal y figuradamente.



En Sant Marks, la calle de los punkis de postal, se encuentra St Mark’s Comics, otra librería de cómic que desde fuera huele a alternativa pero que por dentro decepciona bastante. Aparte de algún que otro número antiguo de Heavy Metal o de El Víbora, el material de la tienda no es muy distinto del que se puede encontrar en Midtonwn Cómics, y está muy por debajo en variedad de Jim Hanley’s Universe.

El último modelo de tienda que pudimos catar de primera mano fue el de Desert Island, en Brooklyn. Regentada por el simpatiquísimo Gabriel Fowler, esta tienda solo conoce un equivalente en nuestra península, Fatbottom. Quien conozca la tienda barcelonesa no necesita más explicaciones. Para los demás, comentar que en esta tienda el material “ajeno” y minoritario son los superhéroes (había algún número del Hawkeye de Matt Fraction y David Aja) y similares, y que cada resquicio está cubierto por un fanzine, una publicación independiente o un cómic alternativo. A pesar de su pequeño tamaño y de su aparentemente reducido rango de público objetivo, la tienda no solo lleva cinco años abierta, sino que publica su propio cómic gratuito en formato tabloide, Smoke Signal, con algunas de las firmas más interesantes del panorama indie norteamericano. También había hueco en sus estanterías para libros publicados en idiomas distintos del inglés, y de hecho encontramos dos huecos donde encajaban perfectamente el Moowiloo Woomiloo de Néstor F y Molg H y el Pudridero de Johnny Ryan, así que allí los encajamos.



Por supuesto, además de todo esto, Nueva York es en sí misma una ciudad de cómic. Uno puede ser asaltado en plena calle por un americano que sale de un restaurante con la boca llena para inquirir por la camiseta de María Colino que llevábamos, porque conocía el cómic y quería saber dónde comprar una igual. Uno puede comprobar en persona la profusión de depósitos de agua sobre los tejados listos para ser destruidos por Spider-Man en cualquier momento para electrocutar o Electro o para espesar al Hombre de Arena. Uno puede pasear por el Greenwich Village y ver salir a Wong de una casa señorial con un hechizo ocultador que impedía ver la característica vidriera del edificio. Uno puede detenerse ante la puerta del edificio donde tiene su estudio Steve Ditko y tratar de decidir si sería capaz de reconocer físicamente a un Ditko de 84 años. Uno puede leer el nombre de un restaurante y acordarse de Frank Miller. Uno no puede evitar la referencia friki al comtemplar el Flatiron Building y recordar que allí estuvieron las oficinas de EC, echar una ojeada al Empire State Building y comentar que allí estuvieron las de Marvel, atravesar el Puente de Brooklyn y rememorar la muerte de Gwen Stacy. Y uno puede, sobre todo, preguntarse dónde están realmente las astas de bandera cuando Daredevil las necesita y preguntarse si Spider-Man cruza a pie las calles de 6 carriles.



El siguiente destino norteamericano fue Baltimore, donde contamos con un guía también muy de cómic, Santiago García, que nos introdujo en el barrio de los Pink Flamingos y nos abrió las puertas de Atomic Books, una de las mejores tiendas de cómics que hemos visitado en la vida. Rebosante de todo tipo de material, amplia, agradable y con unos dependientes que personificaban el buen rollo y la simpatía. También allí podréis encontrar Pudridero, por cierto. Llegamos precisamente durante la celebración de una lectura de cómics, como evento previo a la SPX que comenzaba al día siguiente, y entablamos el primer contacto (visual) con autores alternativos de la talla de Noah Van Sciver, Josh Bayer o Box Brown, editor además de Retrofit Comics. No abundaremos en su descripción, porque ya lo ha hecho con mucho tino Santiago García, pero no podemos dejar de mencionar lo sorprendente que es encontrarse con las típicas estanterías horizontales donde uno suele buscar los números atrasados de Spider-Man o Batman y encontrarlas llenas exclusivamente de minicomics, fanzines y publicaciones de los años 90 como el Yummy Fur de Chester Brown o el Palookaville de Seth, o revisar estanterías y descubrir antologías de cómic finlandés o eslavo. Afortunadamente para nuestros bolsillos, Santiago nos arrastró a tiempo en dirección a una restaurante para degustar el gran (en todos los sentidos) hito culinario norteamericano: la hamburguesa, que daría para otra entrada tan larga como esta y probablemente mucho más sabrosa.



En Baltimore llegamos a visitar otro par de tiendas cuyos nombres hemos olvidado y que, aunque no alcanzaran el nivel de exquisitez de Atomic Books o Desert Island, no carecían de encanto y material curioso. Algún día volveremos. Donde sí que habríamos permanecido durante tres o cuatro horas es en Comics To Astonish, en Columbia, a media hora en coche desde Baltimore, un reducto del tebeo antiguo en el que rebuscamos hasta encontrar a precio asequible un Daredevil de Wally Wood, un par de Nick Furias de Jim Steranko y algunos 4 Fantásticos de Lee y Kirby. La perdición tiene nombre de cómic Marvel de los 60. Y apellido de fanzine norteamericano de 6 dólares, como veremos en la próxima entrega dedicada a la SPX.