Videojuegos (Bastien Vivès)

Videojuegos (Bastien Vivès). Diábolo, 2012. Cartoné. 12×17 cm. 192 págs. B/N. 11,95 €

El joven Bastien Vivès tiene talento, eso no vamos a negarlo a estas alturas. Por eso aunque ninguno de sus cómics me ha gustado aún de verdad, aunque siempre le encuentro algún pero, sigo intentándolo, tozudo, con la certeza de que es cuestión de tiempo que conecte con él. Diábolo me da a lo largo del año muchas ocasiones para ello, y creo que al fin lo he conseguido con Videojuegos, publicado recientemente con el cuidado habitual por parte de la editorial.

            Videojuegos es el primer volumen de una serie, en el que Vivès aborda el mundo de las consolas a través de historias breves protagonizadas por personajes anónimos que escenifican anécdotas con un sabor, la mayoría de los casos, muy real. La generación de Vivès es la primera que se ha criado desde que tiene uso de razón entre juegos de ordenador y joysticks, y eso le permite capturar la esencia del mundillo sin ser totalmente opaco para el lector profano en la materia, al menos casi siempre, provocando el humor a través de situaciones sólo ligeramente exageradas.

            Como persona que pasó por una época de jugar mucho, estar al día de los lanzamientos, comprar revistas especializadas y demás, la lectura de Videojuegos también me ha servido para constatar cómo ha cambiado todo lo que tiene que ver con ellos. El mundo de las consolas ha crecido de una manera bestial, inconcebible hace quince o diez años, supongo que en gran medida por la aplicación de nueva tecnología y por la posibilidad de jugar on line, que lo magnifica todo exponencialmente. Los aficionados a los videojuegos se han profesionalizado. En los noventa uno no podía ser el mejor del mundo o España; todo lo más, podía patearles el trasero a sus colegas. Ahora hay gamers —en mis tiempos éramos viciaos, sin más— y casuals, los que no juegan de forma habitual, los que no dedican todo su tiempo libre a los videojuegos. Esa especie de choque generacional se escenifica muy bien en algunas de las mejores historias de Videojuegos, de manera muy divertida: es genial ver como un jugador de la vieja guardia, con su forma de jugar desenfadada e infantil —frente a la hiperespecialización de los jugadores actuales— barre el suelo con sus rivales profesionales al Street Fighter sin inmutarse, y sin pensar que esté haciendo nada espectacular.

            Porque ésa parece ser una de las claves de este tebeo: Vivès, tan moderno en otros aspectos, aquí añora un tanto el pasado, y parece decirnos que hemos perdido la capacidad de divertirnos, de disfrutar de los videojuegos como lo que son. El cabreo constante de los jóvenes jugadores que aspiran a ser los mejores contrasta con la diversión del casual que echa una partida de vez en cuando por el placer de echarla. Y lo mismo puede decirse si comparamos a los críos que juegan entusiasmados, sorprendiéndose de cada nueva pantalla, frente a los que abandonan la sorpresa y se pasan un juego entero usando una guía —perdón: un walkthrough.

            Desafortunadamente, la cabra siempre tira al monte. El mayor defecto de Videojuegos es el de casi cualquier obra de Vivès, en mi opinión: la caracterización de la mayoría de sus mujeres. Blandas, sumisas, ñoñas, monísimas pero bobitas. En las historias de este volumen la mujer es relegada al segundo plano, como si las consolas y las recreativas fueran cosas de hombres. La mujer es novia cursi que se asusta y llora jugando al Resident Evil, o que se enfada si su novio la mata jugando al Bomberman, como si tuviera tres años, o es madre que prepara la cena y llama a gritos a su hijo y a su marido mientras juegan, o fantasía masturbatoria de friquis. Sólo en una historia, que en el contexto global parece un intento deliberado de no parecer sexista —y por tanto la mejor muestra de que se es—, se ridiculiza la visión que los creativos de juegos tienen de lo que debe ser un juego femenino. Pero no basta para deshacer el tópico que alimenta durante el resto de páginas, y que a mí, que he estado siempre rodeado de mujeres que han jugado más y mejor que yo, me resulta absurdo y desfasado.

            Salvo por eso, Videojuegos es una lectura muy certera. Incluso si al lector no le interesan en absoluto los videojuegos, le quedará el extraordinario dibujo de Vivès, aquí en su registro más suelto y libre, en la línea de Los melones de la ira, con trazos gruesos de pincel y una habilidad increíble para hacer fluir la figura humana. Y no sé si es significativo o no, pero lo cierto es que esta obra de Vivès, en teoría menor, un divertimento frente a la ambición de un Polina, por ejemplo, me ha parecido más fresca, divertida y aprovechable que cualquier otra de sus obras.