Los años Sputnik (Baru)

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Los años Sputnik (Baru). Astiberri, 2013. Rústica con solapas. 19 x 25,5 cm. 208 págs. Color. 25 €

Los años Sputnik es la edición integral que ha publicado hace un par de meses Astiberri recopilando cuatro álbumes de Baru, un autor del que no había leído nada hasta ahora pero del que intentaré ir recuperando obras, porque ésta me ha dejado muy buena impresión.

Básicamente, las cuatro historias se centran en las vivencias de Igor —el Gorrino para los amigos—, un chaval que vive en una pequeña ciudad de la Francia posterior a la segunda guerra mundial formando parte de una pandilla que se enfrenta continuamente a la de los niños de la otra parte del pueblo. La ambientación de época es perfecta, y el desarrollo de los personajes muy realista, a través de sus actos y de unos diálogos frescos en los que Baru no se preocupa —acertadamente, creo— por la verosimilitud histórica, sino por su expresividad. Ésta se potencia con el extraordinario dibujo, en el que Baru se luce, sobre todo, en las expresiones de sus personajes y en el dinamismo de sus movimientos.

Cuando llevaba unas cuantas páginas de Los años Sputnik el primer referente que me vino a la cabeza fue La guerra de los botones de Louis Pergoud. Como en aquella novela, y aunque no estén ambientadas en la misma época, Baru muestra guerras infantiles que son reflejo de las reales, pero si en la obra de Pergoud hay siempre presente un marcado carácter antibelicista, en la de Baru no lo tengo tan claro. Tampoco es que haga apología de la guerra, evidentemente, pero al fin y al cabo la violencia se muestra sin juicio moral y en el desenlace del cómic juega un papel positivo.

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No es una obra moral, aunque tenga moraleja obvia: unidos venceremos. Lo cual no significa que no haya enemigos, porque Baru tiene una postura izquierdista clara y se posiciona sin ambigüedad, aunque eso no significa que caiga en recalcados innecesarios o en la pura propaganda. Al contrario, todo está lleno de grises, y las cosas se presentan matizadas, sin corrección política contemporánea, y eso creo que es el mayor valor de Los años Sputnik: los niños son crueles y violentos, se pasan el día peleándose entre ellos para ser el líder del grupo y contra los de la otra parte del pueblo. El fútbol es la única ocupación que les aparta de las batallas a flechazo limpio, a excepción del episodio que gira en torno a la construcción de un cohete por parte de los chavales, en plena fiebre del Sputnik, que Baru aprovecha para satirizar la propaganda comunista, a pesar de su propia ideología: un valor más a tener en cuenta.

Lo mismo puede decirse para los adultos. El padre de Igor es un obrero, convencido comunista y dispuesto a luchar por los derechos de su gente, pero eso no impide que sea además muy racista con sus vecinos árabes. El racismo es, de hecho, un tema siempre presente, aunque Baru introduce una relación preamorosa para Igor con una vecina argelina que exculpa al niño del pecado de los padres —quizás el único del que se le libera explícitamente—. Otra muestra de incorrección: la madre de Igor le mete palizas con un látigo de siete colas. Baru lo dibuja con mucho humor y no se recrea, pero ahí está. Y el maestro es otro cafre de cuidado, como tocaba en la época.

Pero lo que más me ha gustado de Los años Sputnik es que aunque es cierto que los asuntos de adultos están ahí —las fricciones entre el cura del pueblo y los comunistas, la lucha obrera, los choques étnicos— no deja de ser sobre todo una historia sobre niños hasta que en el final su mundo colisiona con el de los mayores. Es un retrato de la infancia no exento de drama, pero sí de dramatismo, con un gran sentido del humor y con una viveza en la que todos, en mayor o menor medida, veremos reflejada nuestra propia infancia.