DESDE EL OTRO LADO (I) El inicio

Le debo los cómics, a Julio Verne, el fantaterror y algunos perros. En todas las historias siempre hay un inicio. Yo tuve un abuelo que no era mi abuelo y que tenía en la estantería todos los tomos de Flash y El hombre enmascarado y muchas revistas con el precio puesto en reales en la portada. Historias de amor imposibles que siempre salían bien a pesar del dolor y aventuras extrañas en busca del ámbar gris.

Aragorn tiene, para mí, la cara que le dibujó Luis Solano. Ninguna de mis amigas leía cómics: no lo que yo consideraba cómics. Aprendí qué era un cajún porque Gambito lo es; qué es un seppuku y qué un harakiri y qué significa gaijin porque Lobezno se enamoró de Mariko. Y cómo puede llegar algo que te rompa en dos de manera que no sepas quién eres, porque eso le pasó a Tormenta. Ahora, cuando recorro por Granada las tiendas de cómics con un niño de ocho años, me señala a personajes y yo le voy diciendo sus nombres: Polaris, el Dr Extraño, Daredevil, el Castigador, Rondador Nocturno, el Capi. Y le voy narrando sus historias.

Ahora mismo mataría a Reed Richards cuando echa de menos a Sue en las Secret Wars, por imbécil y por cursi, pero cuando era pequeña me parecía de lo más tierno. Cuando eres pequeña, supongo, necesitas héroes. Un modelo. Un guía. Crecemos modelizando. Luego, más tarde, mucho más tarde, descubres que el concepto te chirría, que abominas de todos los líderes y que hay ficciones que te quedan muy lejos.

Otras no. Otras hablan de ti, aunque cuenten otras cosas.

tormenta