Tiempo de canicas (Gilbert Hernandez)

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Tiempo de canicas (Gilbert Hernández). La Cúpula, 2014. Cartoné. 17 x 23 cm. B/N. 148 págs. 18,50 €

Viendo los bandazos de la carrera de Gilbert Hernández en los últimos años no resulta demasiado atrevido decir que ha sido un tanto errática, como buscando una alternativa válida a aquel maravilloso Palomar del que parece que ya lo haya contado todo (lo interesante), o como simples divertimentos, en cierto modo no tan alejados de su obra magna. Sus postreras incursiones en subgéneros (Fatima: The Blood Spinners, Grip) y autohomenajes (Maria M.) no parecían preveer que al mismo tiempo desarrollaría, en un centenar y pico de páginas, uno de los trabajos más personales, sinceros e interesantes de toda su producción, este Tiempo de canicas.

Con un llamativo ahorro de medios, una escandalosa (pero bien resuelta) ausencia de detalles en los dibujos, con un planteamiento asombrosamente natural y un esquema regular de sólo seis grandes viñetas cuadradas por plancha (lo cual se aprecia mejor en el original de Drawn & Quarterly que en la comprimida versión española), distribuyendo el relato en una serie de capítulos cortos sin título, Hernández vuelve la vista atrás para narrar el plácido verano de Huey, hijo de inmigrantes, en algún suburbio de alguna gran ciudad norteamericana, en el limbo inespecífico entre los años sesenta y la década siguiente. Como en los adorables flashbacks que su hermano Jaime introducía, de vez en cuando, en sus historietas de Love & Rockets para rememorar la infancia de Maggie, Izzy y compañía, Gilbert presenta un rico elenco de personajes a partir de los cuales se deja llevar, sin un destino prefijado, en su día a día, en su deambular por el barrio. Huey (el inconfesado reflejo del autor) es el mediano de tres hermanos, obsesionado por los cromos, los cómics, la televisión y sus juegos, basados precisamente en las historietas y las series de la tele, tropezando aquí y allá con unos y con otros sin nada importante que hacer, en una despreocupada cotidianidad, creciendo sin ser demasiado consciente de ello.

De acuerdo con ese sencillo diseño es preciso destacar –algo que también hace Corey K. Creekmur en el epílogo– el uso abundante de las secuencias mudas, el silencio, los diálogos breves y concisos, la ausencia casi total de onomatopeyas, el pequeño tamaño de la tipografía y de los bocadillos. Exceptuando a Lana Díaz, una jovencita que se resiste a ceder a su propia feminidad, y a Lucio, un chiquillo escandaloso, bronco y grosero, gran parte de la historia se desarrolla sin que nadie levante la voz, interrumpida tal vez por alguna queja puntual del pequeño Chavo o por alguna melodía musical de The Beatles. El ritmo pausado de la narración invita a rememorar esos momentos aparentemente intrascendentes de la infancia, cuando no existían los prejuicios a la hora de hacer amigos, cuando cualquier excusa era buena para salir a la calle, y sólo la lluvia era un contratiempo, tal y como reconocía Joe Matt en aquel otro gran viaje al pasado que era Buen tiempo. No obstante, y a diferencia de lo que suele ser habitual en las mejores incursiones semi-autobiográficas en los años de preadolescencia (junto al de Matt podríamos nombrar a Chester Brown en Nunca me has gustado, Michel Rabagliati en la última entrega de Paul, Blutch y su pequeño Christian, o las pelusas en el ombligo de Fermín Solís), aquí los adultos brillan por su ausencia. En un claro guiño a Peanuts, aunque no sólo, la autoridad paterna es una referencia incorpórea, una sombra presente sólo en determinados momentos, pues en su mundo de pandillas, peleas, conflictos y problemas, todo se resuelve al momento y según sus propias reglas.

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En cualquier entrevista que leamos con Gilbert Hernández se habla de sus lecturas de juventud, de sus tebeos favoritos, y aquí esos recuerdos adquieren ya una presencia física. El olimpo clásico de la Marvel (Captain America, The Hulk, Fantastic Four) se codea en las caóticas preferencias de estos niños con las revistas de Archie, las recopilaciones de Dennis, the Menace, o las primeras cabeceras de terror de la editorial Warren, gramos de pulpa que se convertían en auténticos tesoros, cultura de consumo para las masas que supondría la base de sus futuras creaciones (unas referencias además exhaustivamente explicadas en las notas). Precisamente ya se anuncia para el próximo otoño Bumperhead, una especie de segunda parte donde profundizará en algunas de las cuestiones ya apuntadas aquí: la integración, la búsqueda de la propia identidad, las relaciones con el otro sexo. Pero viendo como se cierra Tiempo de canicas es difícil creer en posibles secuelas. La historia concluye –y ¡atención!, voy a hablar del final– un domingo, nublado y bochornoso, que al protagonista siempre le hace pensar en el fin del mundo. En cierto modo tiene razón, su mundo se está transformando. Paseando con una de sus amigas, camino de la iglesia, irá cruzándose con gran parte de los personajes que ya conocemos, que entran en escena y a continuación desaparecen sin razón aparente, muchos de ellos como siluetas que se pierden bien lejos. Es una especie de rápido inventario de todos aquellos que conoce, que podríamos decir que vienen a despedirse, y eso, se mire por donde se mire, no tiene continuación posible.

Lamentablemente para la edición española, que por otro lado sí conserva todos los extras, se ha elegido un tamaño de reproducción reducido en exceso, y una portada que no invita precisamente a abrir el libro. No sé muy bien por qué no se ha respetado la cubierta primigenia y se la ha sustituido por un batiburrillo de figuras mal escaneadas. Tampoco es que aquella sea una gran ilustración, pero al menos era la que el autor realizó ex profeso como carta de presentación, como rostro de su obra.