Habitaciones íntimas (Cristina Spanó)

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Habitaciones íntimas (Cristina Spanó). Bang Ediciones, 2014. Cartoné. 17 x 24 cm. 112 págs. Color. 20 €/p>

Hay en el comic de autor toda una tradición, por fuerza reciente, en la memoria personal y la autobiografía. Si rastreamos su origen y nos remontamos en el tiempo terminamos rápido: Binky Brown conoce a la virgen María, de Justin Green, publicado en 1972. Luego el género adquirió formas variadas: la crónica del día a día de Harvey Pekar, el relato de la adolescencia con más distancia temporal y más reflexión por tanto de Chester Brown, o la crónica de toda una vida practicada por Marjane Satrapi en Persépolis. Para algunos hay demasiados cómics autobiográficos —demasiados comparando con qué, cabe preguntarse, pero ése es otro tema— pero la verdad es que las maneras de afrontar la cuestión han sido y son muy variadas.

Cristina Spanó, ilustradora e historietista italiana a quien conocía por su colaboración en el fanzine Infusi, no hace autobiografía estricta en su primera novela gráfica, Habitaciones íntimas, pero es inevitable pensar que algo de su propia experiencia se trasluce en la historia de Camilla, y, en cualquier caso, las reglas que se aplican pueden ser las mismas. El enfoque es reciente y entronca con las últimas tendencias del medio: es un cómic muy poco denso, se cuentan pocas cosas, no es un relato de influencia literaria como podría serlo, por ejemplo, El arte de volar —que no es auto pero sí es biografía—. Es un tipo de narración intimista, una memoria emocional mucho antes que factual, porque, de hecho, los acontecimientos de la vida de Camilla no tienen nada de extraordinario. Su vida es como cualquier otra, y el interés radica entonces precisamente en la identificación del lector y de cómo se muestra lo que se muestra.

Así, es inevitable, se pierde la sorpresa, porque los hitos emocionales de la vida de Camilla son los de prácticamente cualquiera: el despertar sexual por casualidad, el primer beso, el primer polvo, la visita al hogar de los padres cuando se es adulto… Por ahí Spanó no arriesga; los ritos del paso son los que son. Pero la puesta en escena sí es más que interesante. Su dibujo, con algún eco de Kate Beaton —lo cual la emparenta lejanamente con Laura Pacheco—, se basa en las masas de color, aplicado sin ánimo naturalista —algo que empieza a ser una constante—, sino con intención enfática, como forma de provocar estados de ánimo. Ahí Spanó, muy dotada, obtiene buenos resultados casi siempre, aunque alguna vez patine —por ejemplo, hacia el final, cuando usa unas viñetas muy luminosas para marcar un flashback de un tiempo feliz creo que es demasiado obvia—, y consigue un tono íntimo y confesional con el dibujo puro, sin narrador en primera persona —es curioso, o tal vez no tanto, que cada vez más autores de cómic prescinda de ella cuando profundizan en su memoria—. Y elige e introduce magistralmente las elipsis en su vida, sin sobreexplicar, para dejar que sea el lector y sólo él quien especule con lo que le ha pasado a la protagonista entre medias.

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Lo más llamativo del libro es su idea básica, el pegamento que une todo: la vinculación de cada episodio con una habitación de la casa. Aunque, sin pensar demasiado, encuentro que la relación entre memoria personal y espacio habitado está muy desarrollada en Fabricar historias de Chris Ware. La reflexió de Spanó es más modesta, más íntima y personal, pero pone de manifiesto igualmente una de esas verdades que no siempre nos son conscientes: que la memoria de uno es siempre la memoria de uno en un lugar. Recordamos el qué pero también el dónde, incluso con mucha más nitidez que el cuándo. Las rejas de un balcón, los bajos de una mesa camilla, el dormitorio propio, que es nuestra fortaleza adolescente, la calidez del cuarto de baño donde uno se descubre a sí mismo frente al espejo… Son espacios ligados a la memoria de todos, y por eso este Habitaciones íntimas tiene la cualidad, imprescindible en cualquier relato de esta índole, de llegar a lo universal y hablar de todos nosotros. De fondo, puede que demasiado, se atisban las dificultades de integración de los inmigrantes, y la crisis que obliga a Camilla a emigrar a Alemania, pero lo que permanece cuando se cierra el libro es lo otro, lo personal y subjetivo.