Contra las cuerdas (James Vance y Dan Burr)

contra las cuerdas portada

Contra las cuerdas (James Vance y Dan Burr). Norma Editorial, 2014. Cartoné. 17 x 24 cm. Blanco y negro. 256 págs. 24 €

            Contra las cuerdas fue, en origen, un texto teatral escrito por James Vance hacia 1979 que se popularizó en el circuito escénico del estado de Oklahoma gracias a la adaptación realizada por Carlton Winters para el Tulsa Junior College Community Theater. Winters, de regreso a casa desde Hollywood tras su frustrado intento de trabajar en la industria del cine, entró a dirigir dicho centro, en el que permaneció durante casi dos décadas, y donde Vance estrenó varias de sus obras. Tras la buena acogida de aquel libreto protagonizado por el artista del escapismo, Gordon Corey, y su joven ayudante, Freddie Bloch, su creador ideó una especie de precuela, Reyes disfrazados, donde explicaba cómo el muchacho había estado vagando por las sendas del Medio Oeste antes de ser acogido por aquella extraña troupe. Con el tiempo, este último relato fue adaptado al cómic por el propio autor junto con el dibujante Dan Burr, y serializado como una mini-serie por Kitchen Sink. Muy pronto, aquella aproximación a las consecuencias más humanas de la llamada Gran Depresión, recibió todo tipo de elogios de la crítica estadounidense, siendo galardonada además con algunos de los premios más importantes de la industria, amén de convertirse, a posteriori, y como bien ha remarcado Tom Spurgeon, en uno de los ancestros del movimiento de la novela gráfica actual. En 2006, y para cerrar el círculo, W. W. Norton recopiló todos los cuadernos en un solo volumen lo cual animó a Vance y Burr a trabajar en su continuación, apareciendo justo un cuarto de siglo después del primer número de Reyes disfrazados.

            Desde Las uvas de la ira hasta la serie de televisión Carnivàle, con la que el díptico de Vance guarda algunas similitudes, pasando por, en cuanto a cómics se refiere, Bluesman o Charlie Moon, aquel periodo clave en la historia contemporánea de los Estados Unidos es un entramado dramático muy tentador. Ofrece grandes dosis de tragedia y de épica, suficientes como para atragantar a cualquier escritor, convirtiéndose en un escenario difícil, creo, de retratar, sin sucumbir al melodrama más lacrimógeno ni a la simple sucesión de desgracias. Si repasamos a grandes rasgos el arranque de Reyes disfrazados nos daremos cuenta inmediatamente de las altas (y peligrosas) cuotas de malaventura: madre fallecida, padre desempleado que se da a la bebida y abandona el hogar, hermano en prisión, intento de violación, hambre, frío, y todo lo demás. Se asemeja, de hecho, al punto de partida de un folletín decimonónico o, peor, al de una telenovela de mediodía, y podría desalentar al lector más curtido. Sin embargo todas estas adversidades se resuelven con rapidez en unas pocas páginas del capítulo inicial, para así despojar el nudo de la trama de todo artificio. No es más que la casilla de salida de una carrera hacia no se sabe muy bien dónde (aunque el protagonista crea tener claro su objetivo definitivo). Parece como si Vance quisiera romper todas las ligazones de Freddie Bloch con la realidad para que no tenga reparos en lanzarse al camino, la huida como auténtico corazón del libro. Una fuga que no cesa ni siquiera con el desenlace pues el vagar de Freddie no conoce un destino.

contra las cuerdas interior

            Como explicaba arriba, el guión de Contra las cuerdas existía con anterioridad a Reyes disfrazados, y ambas historietas guardan una coherencia plena, sin que ello suponga que estén resueltas de la misma manera. En la primera parte, Bloch, de sólo doce años de edad, ejercía de narrador omnisciente, nada sucedía sin que él estuviera presente, había, por lo tanto, una única línea argumental clásica, rota solamente por sus sueños. Iba desgranando sus recuerdos de juventud a su actual audiencia (nosotros, los lectores), sin ahorrar en detalles, sentimientos y sensaciones. Ahora, con medio centenar de páginas más, el peso de la novela se reparte entre tres ambientes temporal y geográficamente diferenciados. Y, si bien el más importante sigue siendo el que él nos relata en primera persona, acontecen otros sucesos de forma coetánea, que Bloch desconoce pero que inevitablemente vendrán a confluir con su historia. A ellos habrá que sumar, como no podía ser de otra manera, las referencias a lo que le sucedió desde 1932 (cuando se escapó de casa) hasta 1937 (cuando empezó a trabajar con Corey). Justo entre ambas fechas se desarrolló la primera etapa del plan de intervención estatal conocido como New Deal, puesto en marcha por Franklin D. Roosevelt inmediatamente después de ser elegido presidente. Numerosas fueron disposiciones destinadas a paliar el desempleo, destacando el proyecto Works Progress Administration (WPA), una agencia creada con fondos públicos que dio trabajo a millones de personas en los más variados sectores, entre ellos, y mediante el Federal Art Project, el del espectáculo. Bloch y Corey serán precisamente algunos de los beneficiados por la caridad de la Administración, entrando a formar parte de una feria ambulante en plena gira por el estado de Illinois. Al mismo tiempo,  y ahondando en el contexto histórico tan bien esbozado por Vance, todo ese conjunto de medidas se vio acompañado por los correspondientes cambios legislativos en materia laboral, que exigían la representación sindical en las empresas y la negociación colectiva, favoreciendo el crecimiento del movimiento obrero, sobre todo en las zonas industriales.

            En ese convulso escenario se desarrolla Contra las cuerdas, y pese a la complejidad de contar con tal cúmulo de ingredientes reales y ficticios, el resultado es óptimo. La experiencia del guionista es palpable en cada diálogo, en las secuencias, en la dosificación de la información y en la construcción de personajes. El interés del argumento es tal que no presenta síntomas de cansancio ni de agotamiento, aún habiendo una significativa carga documental y, insisto, de desdicha. A su lado Burr parece el acompañante más adecuado, sin llegar a resultar del todo perfecto. Es un dibujante que se ha prodigado muy poco. En su currículum tan solo constan colaboraciones para antologías publicadas por el sello de Dennis Kitchen, por Dark Horse o por Eclipse entre mediados de los ochenta y principios de los noventa. Sus colaboraciones con Vance son, por lo tanto, sus trabajos más ambiciosos. Aquí domina los detalles y la iluminación, el retrato y la ambientación, no así en la planificación de las escenas de acción, algo anquilosadas, o en la elección de algunos recursos un tanto obsoletos. El echar mano de titulares de periódicos colgados en un quiosco o lanzados a la papelera, para aclarar cuestiones sobre las que era innecesario insistir; remarcar con línea gruesa las viñetas de los flash-back, o mostrar la portada de En lucha incierta de John Steinbeck para aclararnos el origen de un nombre que se utilizará con asiduidad, son ejercicios toscos que denotan una falta de confianza en los lectores. Son pequeños detalles, exageradamente elocuentes, que debilitan la fuerza de un conjunto al que le falta un plus para resultar irreprochable.