Inercia (Antonio Hitos)

inercia
Inercia (Antonio Hitos). Salamandra, 2014. Cartoné. 17 x 24 cm. 128 págs. Color. 19 €

Para aclararnos e ir directamente al grano, podemos decir que Jaime, el protagonista de Inercia, es el hermano bastardo, o sea, no reconocido, de Tato, el inolvidable personaje de Albert Monteys. Ambos son jóvenes desencantados, inestables afectivamente, con empleos precarios, dificultades de socialización, apuros económicos e indeseadas compañeras de piso, las cuales no se limitan a arrastrarse por todos los rincones de la casa, sino que son conscientes de su propia existencia y de su papel en el mundo. Ahora bien, si el mensaje desesperanzado de un futuro incierto se transmitía en la serie de El Jueves a través del chiste ingenioso, eficaz si se desarrolla con talento, como era el caso, en la obra de Antonio Hitos se pregona, en cambio, mediante atractivas metáforas visuales y un costumbrismo cruel, por real, no por circunspecto ni por desagradable. Al no perder nunca de vista el sentido del humor, el retrato esbozado por Hitos es más veraz e interesante, creo, que si lo hubiera planteado como un serio discurso acerca de la incertidumbre (laboral, económica, sentimental) de las generaciones más jóvenes -lo cual sería, por otro lado, legítimo al cien por cien-. Eligiendo la primera opción, goza de mayor libertad de movimientos y resulta mucho más atractivo para el lector, amén de facilitarle enormemente la entrada. De manera intencionada no cede frente al drama latente, sino que lo bordea con acierto merced a la utilización de parábolas (no solo gráficas) altamente efectivas.

Pero si, como digo, el guión es de por sí sugestivo, el cómic en conjunto todavía lo es más gracias a la paradoja que se esconde tras un dibujo de perfil técnico. La caricaturización de los rostros, de formas redondeadas, con grandes ojos sin pupilas, simplificados al máximo, que contrastan con un puntilloso detallismo en los fondos, en los objetos, casi fotografiados, son la única nota discordante dentro de un ambiente de  delineación perfecta, en las proporciones, en las perspectivas, un grafismo calculado al milímetro, y, por lo tanto, en apariencia frío, impersonal, aséptico. Digo en apariencia porque tanto el rígido esquema de nueve viñetas por página, roto en contadas ocasiones, siempre con razón, como la utilización de una limitadísima paleta de colores apagados, como la limpieza y rectitud de las líneas, sirven a un fin único: plantear una contradicción entre fondo y forma, unas ilustraciones fáciles (de leer) que encierran un elevado grado de intimismo, y por ende de complejidad. Dejándome llevar por los tópicos diría que Hitos sale muy bien librado de una tarea complicada. No carga la responsabilidad de narrar la historia en los textos, contados y medidos, indefinidos, para volcarse así en una secuenciación nítida que no renuncia a los retazos de poesía.

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Y no puede abusar de los diálogos por la sencilla razón de que alrededor de Jaime hay pocos interlocutores con los que hablar. Sí, está su jefe; están sus exnovias (a las que conocemos a través de sus recuerdos); están los clientes de la tienda de discos donde trabaja, algunos de ellos tan geniales que merecerían más minutos en escena, basados, estoy seguro, en personas de carne y hueso (cualquiera que haya trabajado de cara al público sabrá reconocer los diferentes perfiles que presenta); están los transeúntes que deambulan de acá para allá, pero todos ellos son figurinistas puntuales. A su lado sólo se sentará de vez en cuando, Juan, un buen colega dispuesto a perder el tiempo en compañía, tan perdido, o más, que él, tan representativo, tan icónico como él. Ambos viven el presente como pueden, dejándose llevar. Tal vez el participante que más juego les da, a autor y personaje, sea la propia ciudad, el entorno urbano, tan bien estudiado, tan bien diseñado, transformando a los portales, las fachadas y las ventanas en presencias, mudas, pero vivas.

En el artículo-entrevista “En presente precario”, firmado por Tereixa Constenla, y publicado el pasado verano en la sección cultural de El País, donde se apuntaban ya algunas de las apreciaciones desarrolladas en la presente reseña, Hitos confesaba que no buscaba convertirse, con su galardonada historieta, en la voz de una generación. Su deseo era, según sus propias palabras, que Inercia “fuera una obra de su tiempo, con vivencias cotidianas de personajes que están alrededor de los 25, sobreformados y con pocas aspiraciones, que viven en un entorno urbano impersonal, cuya ciudad puede ser cualquier ciudad”. Si esa era su intención, repito, lo ha conseguido con creces, facturando una obra que, si el mundo fuera justo, y los cómics formaran parte de las bibliografías y las sugerencias de los medios, se recomendaría como testimonio de lo que hoy, ahora mismo, está sucediendo.