Kiosco (Juan Berrio)

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Kiosco (Juan Berrio). Dibbuks, 2014. Cartoné. 15 x 22 cm. 144 págs. Color. 18 €

Cuando entrevisté el verano pasado a Juan Berrio y le pregunté por las críticas que reciben él y otros autores por parte de ciertos aficionados de la vieja guardia de «no contar nada» me contestó con unas palabras de las que me he acordado mucho leyendo Kiosco: «Voy a defender esta línea de lo sencillo, porque me gusta, me interesa y me parece que hay mucho campo. El que quiera batallitas que las busque en otro lado, pero en las páginas que yo hago lo que va a encontrar es esto». Esa especie de militancia consciente, que hizo que titulara aquella entrevista como «Juan Berrio, cronista de lo mínimo», es la que ha dirigido en cierta forma su obra durante todos estos años, que parece animada por una búsqueda constante de lo sencillo, y de lo esencial por tanto. Reduciendo las peripecias al mínimo indispensable ha ido trabajando en esa dirección a través de Calles contadas, Miércoles o Cuaderno de frases encontradas, pero ha sido en Kiosco donde ha tenido la osadía de dar un paso más.

Kiosco es un cómic sin palabras y sin viñetas al uso. Su formato apaisado también parece alejarse deliberadamente del cómic convencional. En cada página hay casi siempre una o dos escenas, y sólo a veces rompe esta regla Berrio con secuencias de movimientos del protagonista, el encargado de un kiosco cafetería de un parque, tal vez el Retiro, al que seguimos en un día cualquiera de su vida desde que despierta por la mañana hasta que se acuesta por la noche.

Llegados a este punto, imagino que ya es fácil imaginar que no va a haber grandes sobresaltos. Pues bien, es mentira. Por supuesto que los hay. Porque no es cierto que Kiosco «no cuente nada». Ni siquiera es así desde un punto de vista narrativo convencional: tenemos una introducción —un personaje que se levanta de la cama y sale a trabajar—, tenemos un conflicto —no hay clientes en el kiosco— y tenemos un desenlace para ese conflicto. Es un relato clásico, más de lo que parece, porque en realidad esa estructura es una cuestión narrativa y no temática. En lo temático, Berrio sigue fiel a su búsquda, influida por cierto cine más que por los tebeos, donde lo cotidiano hizo acto de presencia en fechas muy tardías. De hecho Berrio puede considerarse un pionero en España.

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Su mirada se fija así en la maravilla del día a día, en un realismo teñido de sepia —y que hace que el cómic tenga un aire vintage muy adecuado—, que como siempre busca lo mejor que hay en nosotros y por extensión en la gran ciudad. Siempre he admirado la capacidad de Berrio para fijarse en las cosas bonitas que tienen las urbes contemporáneas, que en sus manos y lápices son agradables paseos en bicicleta, espacios verdes apacibles y vecinos que sonríen al pasar. Necesitamos autores que nos recuerden eso, igual que necesitamos otros que retraten el lado oscuro. Berrio tiene una habilidad única para mostrar lo mejor de nosotros mismos y hace viñetas increíbles con cosas que pasan desapercibidas a nuestros ojos: una fila de hormigas, el inicio de una tormenta, un pájaro capturando al vuelo un insecto. La maravilla está en la mirada, como siempre.

Me parece que le dominio del ritmo que ha alcanzado Berrio es soberbio. Ya lo demostró en Miércoles, que era exacto en eso, pero aquí hace de la sencillez la mejor arma para acelerar o decelerar el tempo narrativo a base de elipsis. Sobre todo me parece fantástico cómo muestra el tedio del camarero protagonista, desocupado, mirando su reloj, fumando una pipa, comiéndose un bocadillo, cambiando de postura porque ya no sabe ni cómo ponerse, observando a la gente pasar —que es, seguramente, el estilema más reconocible de la obra de Juan Berrio—. La vida está compuesta de esos momentos, pero no es algo malo; simplemente hay que aprender a disfrutar de ello.

No quiero terminar este texto sin decir que Juan Berrio es cada vez mejor dibujante. El despliegue que hace en Kiosco no por sutil es menos impresionante: la manera en la que dibuja la ciudad, o el parque, son fruto de un proceso analítico y sintético que no sé si ha culminado aún pero ha llegado a un punto de calidad extraordinario; y no sólo eso, sino que ha alcanzado ese Eldorado para los dibujantes que es la gramática propia y reconocible: nadie dibuja la ciudad como Berrio, ni los árboles, ni las bicicletas. Ni la figura humana: esos hombres y mujeres espigados de rostros amables, animados por toda una serie de recursos de puro cartoon, al igual que los que emplea para suplir las palabras: bocadillos con dibujos, líneas cinéticas… Y algunas soluciones geniales, como las mesas vibrando al abrir el cierre metálico del kiosco: una sinestesia impecable que transmite ese sonido de forma directa.

Por su propio carácter discreto y tranquilo, Juan Berrio seguramente nunca será una estrella del cómic —ya sabemos todos de qué nivel de estrellato hablamos aquí, entendedme—, ni su obra, que no cuenta grandes historias ni tiene el aspecto brillante de otros estilos de dibujo, atraerá los focos que merece. Pero siempre está ahí, discreta, a su aire, evolucionando al margen de modas. Juan Berrio hace lo que quiere, lo que le apetece en cada momento, y esa sinceridad se plasma en cada una de sus páginas.