Matar a mi madre (Jules Feiffer)

Matar a mi madre

Matar a mi madre (Jules Feiffer). Sapristi, 2015. Cartoné con sobrecubierta. 22 x 28 cm. 160 págs. Color. 26,90 €

Jules Feiffer es una figura algo extraña en la historia del cómic americano. Es un autor reverenciado por muchos otros autores, pero ni parece tener la categoría de maestros que tienen coetáneos y afines suyos como Will Eisner y Harvey Kurztman ni los aficionados lo recuerdan demasiado. O ésa es la sensación que tengo desde España, claro. Quizás la falta de una obra concreta con la que se le identifique rápidamente ha jugado en su contra. Y, por supuesto, el hecho de que haya sido sobre todo humorista gráfico e ilustrador de libros infantiles también influye; persiste aún la conciencia de que es una tradición diferente, y a menudo no suscita el mism interés que el cómic puro.

En cualquier caso, aquí tenemos una novela gráfica publicada originalmente el año pasado, es decir, que es obra de un Feiffer de unos 85 años, al que podemos presuponer del vuelta de todo ya. No es habitual que dibujantes americanos de su edad sigan publicando, ni mucho menos que produzcan obra relevante. La vieja industria los quemaba demasiado rápido. Tal vez,de nuevo, el hecho de que Feiffer lleve siglos al margen de esa industria lo ha preservado del desgaste.

Matar a mi madre —editado en España por un nuevo sello, Sapristi, que clava la edición original— es un cómic tan difícil de clasificar como el propio autor. Es una historia de género negro, con humor, pero que no cae en la ironía posmoderna ni en la deconstrucción. Va a su aire y no tiene demasiado que ver con las tendencias actuales del cómic de autor, y casi parece que podría ser uno perdido en el tiempo y rescatado ahora de algún arcón. Esta impresión me la proporciona sobre todo la trama, puro hard boiled, homenaje confeso a las novelas y películas que le gustaban a Feiffer. Pero también hay ciertas influencias del cómic de los cincuenta y sesenta, especialmente en las composiciones de página, y en las escenas de acción, deudoras de Eisner —a quien, entre otros, dedica Feiffer el libro—. Sin embargo, hay una enorme diferencia entre ambos dibujantes. Mientras que Eisner adolecía de cierta gestualidad excesivamente teatral en sus personajes, que pese a su carácter caricaturesco siempre se percibían como reales, sólidos, las figuras de Feiffer son dibujos. Sin ilusión naturalista. Por eso pueden moverse como quieran, doblarse, desperdigarse por las páginas del libro con total libertad. Los personajes bailan intrincadas coreografías, cuyos movimientos potencia Feiffer con puros elementos de dibujo: tinta y color. La paleta de grises y sepias, por cierto, es otro de los grandes valores.

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Feiffer es uno de esos dibujantes que puede hacer lo que le dé la gana, romper todas reglas que quiera, y pese a ellos seguiremos ciegamente. En eso me recuerda a Joann Sfar. Como en los cómics del francés, en Matar a mi madre existe una musicalidad constante, una banda sonora mental que acompaña la lectura, y que tiene que ver tanto con el dibujo enérgico y zumbón como con el ritmo frenético que impone a la lectura Feiffer.

Me doy cuenta de que estoy a punto de terminar y no he dicho gran cosa del argumento. Es mejor así. Gran parte del interés de este cómic reside en sus giros de guión, incluso aunque emplee tópicos de su género. Los diálogos, contundentes y diferenciados, juegan a imitar el tono del noir pero rompen inteligentemente con él en momentos puntuales. La historia fluye como fluyen las figuras que dibuja Feiffer, desbordando las expectativas y, parece, las propias intenciones del dibujante. Se extiende sin control por el tiempo y el espacio pero, al final todo tiene sentido.

No sé si Matar a mi madre será la última obra de Jules Feiffer, el testamento final de uno de los grandes genios del siglo XX. Pero, desde luego, estoy convencido de que un cómic así no debería pasar desapercibido.