Nada (Esteban Hernández)

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Nada (Esteban Hernández). Autoedición, 2015. Rústica con sobrecubierta. 15 x 21 cms. 84 págs. B/N. 9€ (hasta el 9 de julio).

Tras el interesante Spleen (2013), Esteban Hernández repite experiencia autoeditora con Nada, una novela gráfica de formato modesto pero muy cuidado, en la que el autor continúa la línea iniciada tiempo atrás, esa búsqueda de respuestas vitales, trascendentes, que sabe de antemano que probablemente no existan. Nada es más concreto, más sintético que obras anteriores, menos abierto, quizá, pero también menos oscuro.

Precisamente, esta nueva novela gráfica creo que trata de la ausencia de respuestas y de sentido de la vida. «No tengo un relato», dice el protagonista ya en la primera página. Es una declaración de intenciones tras la cual Hernández viaja por la vida de ese personaje, principalmente por tres momentos de la misma, separados por elipsis amplias pero siempre con el hilo conductor que supone la presencia de su sobrina. El protagonista, traductor para más señas, decide en un momento de su vida autoexiliarse al campo y aislarse de una sociedad a la que se verá forzado a volver en dos ocasiones: la primera debido a un dolor de muelas, y la segunda para morir en la cama de un hospital.

En Nada, la búsqueda del significado de los símbolos concluye que no hay significado en ellos. El ojo que ve el personaje, el intrincado diseño de las alcantarillas que lo atemorizan… No es nada, no significa nada. En el epílogo del libro, que viene a aclarar definitivamente este punto, se ve claro: los mitos y los símbolos son constructos mentales, ilusiones, y de la misma manera que el célebre cuadro de Magritte subrayó la distancia entre realidad y representación, Nada muestra que todo lo que construimos para intentar dotar de sentido a nuestra vida no es más que otra narrativa, y como tal, ficción en alguna medida: «Todo constructor humano es mito camuflado o desnudo parcheando un permanente no saber neto». Esta reflexión, que vertebra el libro, me parece interesante y pertinente en un momento en el que debatimos, precisamente, sobre los límites de la ficción y la identificación absoluta entre representación y realidad: un chiste es criticado como si fuera la opinión real de su autor, por ejemplo, por citar un caso reciente.

Pero más allá de eso, que es más bien una reflexión mía tras la lectura de Nada, lo que plantea es que todo es mito. Que cada interpretación que realizamos a lo largo de nuestra vida, cada explicación, cada relación causa-efecto que establecemos, es algo así como una alucinación provocada por pura supervivencia mental. El protagonista de la historia, al alejarse de cuadro, al poner a prueba los límites de esa narrativa a la que llamaba vida, consigue comprender esa verdad. Su sobrina llora, al entenderlo, porque es demasiado joven aún para soportarlo.

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Nada es muy probablemente el mejor trabajo largo de Esteban Hernández. Lo es por su dibujo, con ese estilo caricaturesco tan personal, cada vez más pulido y certero, con el que ha conseguido filtrar cualquier clase de objeto y que se reconozca siempre su mano. Pero también porque creo que al concretar sus temas ha ganado en contundencia sin renunciar a la complejidad: la relectura de Nada es casi obligada, porque no es un libro que pueda disfrutarse de una forma pasiva. Invita a reflexionar y a debatir sus contenidos con Hernández, un autor que huye de lo fácil y lo obvio, que tal vez por eso nunca sea masivo, pero siempre será necesario. Alguien tiene que hablar de las cosas que él habla.