Zanardi (Pazienza)

cubierta_zanardi_mix_C_1

Zanardi (Pazienza). Fulgencio Pimentel, 2015. Rústica con solapas. 23 x 29 cm. 152 págs. Color y B/N. 24€

Zanardi es uno de los cómics más oscuros y que más desconcertado me han dejado en los últimos tiempos. Pazienza, su autor, realizó un puñado de historias en los ochenta antes de morir a los 32 años. Es una figura casi mítica del cómic adulto italiano, alejado de la fama de un Guido Crepax, pero tan virtuoso como él… si quiere serlo.

Las historias de Zanardi son extrañísimas. Se situan en la Italia de los ochenta, en ambientes deprimidos, en institutos grises y en noches llenas de drogas, sexo mugriento y coches sucios. Todo parece girar en torno a Zanardi, o Zanna, pero no tanto como protagonista, sino más bien como icono, como diseño. Es un diseño magnético, estilizado, siempre sombrío y oscuro, con esa enorme nariz señalando al personaje incluso cuando los frecuentes cambios de estilo de Pazienza lo enmascaran. Es un antihéroe despiadado y amoral, sin gestos honorables, ni ramalazos de camaradería. Sólo una visión nihilista de la vida, un ansia por vivirla deprisa, como si se la fumara.

Esa misma sensación de vértigo parecía tenerla el mismo Pazienza. En sus historias se intuye cierta improvisación, o al menos un dejarse llevar por el impulso de su propio personaje. Los cambios de estilo dan la sensación de responder, precisamente, a la urgencia de lo que está contando. Puede, si le da la gana, dibujar con el detalle y los volúmenes del contemporáneo Crepax, pero si le apetece se va al garabato, al monigote más underground. O a la descomposición de la imagen más vanguardista, o al color más rabioso, según le dé. Las historias avanzan con una velocidad endiablada, y las elipsis son casi violentas. Los saltos en la acción, las escenas que no duran más de una viñeta, imponen un ritmo vertiginoso y sincopado, no siempre fácil de seguir, para, paradójicamente, parar y deleitarse en el placer que supone dibujar un cuerpo desnudo.

En «El palo» el momento del clímax que Pazienza prepara durante toda la historia se nos niega, y en su lugar tenemos una viñeta en la que leemos escuetamente lo que sucede. Esa renuncia deliberada a las normas más elementales, no sólo de la narrativa, sino también de lo comercial, es una declaración autoral en toda regla, de alguien que se preocupa más por las sensaciones, la rabia, y la angustia adolescente. Porque Zanardi es, ante todo, un cómic furiosamente adolescente.

Zanardi-Andrea-Pazienza-03

A partir de «La primera de las tres», que marca el ecuador del magnífico libro editado por Fulgencio Pimentel, las viñetas tienden a ser más grandes, hay menos por páginas y las historias se vuelven aún más abstractas. En esa misma pieza, Zanardi y Pazienza se encuentra en la calle. Pero lo que podría haber sido una enésima ruptura de la cuarta pared que nos llevara al encuentro autocomplaciente entre criatura y creador acaba en una pelea bestial, extraordinariamente violenta e irreflexiva: catarsis punk. E igualmente catártica es «Noche de carnaval», la única coloreada —por tres estudiantes de bachillerato artístico—, en la que una noche de juerga lleva a asaltar una residencia femenina de estudiantes con lascivas intenciones y acaba en fuego y destrucción.

La tentación de establecer un paralelismo entre la vida fugaz de Pazienza y las historias nihilistas de Zanardi —y sus compañeros Colas y Sergio— está presente, por supuesto, pero no pasa de ser una proyección. Sí pienso que Pazienza es, en cierta manera, Zanardi, o que Zanardi es quien le gustaría —y odiaría— ser. Porque Zanardi es un golfo, un cabrón y un miserable, pero también es imposiblemente atractivo, como sólo una ficción puede serlo.