Alicia en Sussex (Nicolas Mahler)

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Alicia en Sussex (Nicolas Mahler). Salamandra Graphic, 2015. Rústica con solapas. 144 págs. Bitono. 20 €

El tono de los cómics de Mahler cuesta pillarlo, eso es innegable. Desconcierta, porque maneja un humor infrecuente, alejado de los referentes del cómic, y porque uno no sabe nunca del todo qué busca. Tiene flema, es hermético, y sus personajes inexpresivos no ayudan. Sin embargo, atrapa. O a mí me atrapa. Quizá porque practica un tipo de cómic literario muy alejado de lo que venimos entendiendo por cómic literario, en el sentido de que, lejos de ofrecer una historia novelesca, se centra en un tipo de literatura distinta, experimental, más moderna, quizá. Su adaptación de Maestros antiguos, magnífica, demuestra que es posible no sólo hacer obra de autor dibujando adaptaciones, sino que hay potencial para que esa sinergia sea algo más que una excepción y se establezca como un campo para la experimentación más radical.

Sin embargo, tengo que decir que Alicia en Sussex no es exactamente una adaptación. Es más bien una variación libre que se inspira en Frankenstein en Sussex de H. C. Artmann, a su vez una variación humorística sobre la novela de Mary Shelley, y libro que aparece leyendo la Alicia de Mahler en este cómic. Suena complicado, pero en realidad el humor lo hace todo muy sencillo. Es, por decirlo de algún modo, una farsa, una obra puramente intelectual en la que la historia no importa, y todo se basa en la sucesión de escenas, cada una de ellas centrada en un personaje de los libros de Alicia  u otros, y que a través de la cita literaria —Melville, Tolstói, Cioran, Voltaire…— lanzan reflexiones filosóficas. Y empleo la cursiva porque no son tanto reflexiones clásicas como subversiones de ideas vía el absurdo, un tono narrativo para el que el dibujo se presta especialmente. Porque una cosa es que gran parte del cómic se haya construido en torno a la representación más o menos realista y siempre transparente, y otra que no haya abundantes ejemplos de lo contrario: cómics conscientes de serlo, de los que Mahler ha tomado siempre muy buena nota y cuya tradición incorpora a su estilo. Como en Krazy Kat, el dibujo de Alicia en Sussex no sigue más lógica que la del propio dibujo. No respeta el raccord porque en el cómic no tiene por qué haber raccord. El mundo de Alicia cambia de una viñeta a otra, y se transforma a través de la línea, que más que construir escenarios, funciona como un código minimalista muy cercano a la escenografía del teatro: el lector comparte ese código y entra en el juego.

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También tiene mucho —todo— que ver con el medio en el que se mueve el ritmo que Mahler impone; sus viñetas grandes características, muchas veces sólo una por página, y la pausa que impone en momentos que no hacen avanzar la trama, que no tienen utilidad en un contexto narrativo clásico. Por ejemplo, Alicia se toma cuatro páginas para entrar por el pozo por el que accede al país de las maravillas sui generis que visita. Hay páginas que son, básicamente, una forma geométrica, o un diseño de rejilla de viñetas. El libro es dibujo. Y las ideas son dibujo y palabras, que no dejan de ser otro código, con el que Mahler nos invita a su juego. No voy a negar que su propuesta tiene algo de elitismo cultural, pero rebaja el tono pomposo a base de monigotes y situaciones locas. Con su dibujo ligero es capaz de colarnos muchos goles y hablar de cosas de las que pocos cómics hablan, y en su personal, en esa gramática propia tan característica, reside el gran valor de un autor esencial en el cómic adulto europeo contemporáneo.