Lose (Michael DeForge)

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Lose (Michael DeForge). Dehavilland, 2015. Rústica. 17 x 25 cm. 152 págs. B/N. 17 €

Michael DeForge pertenece a la última generación de autores norteamericanos, y es uno de sus máximos exponentes. Es una generación que está haciendo un tipo de cómic que parece querer superar, más o menos conscientemente, el paradigma de la novela gráfica que las dos generaciones anteriores asentaron. Eluden, en general, las historias de extensión amplia, y temáticamente esquivan el costumbrismo realista que introdujeron los Robert Crumb, Seth, Chester Brown o Alison Bechdel, o lo codifican con los tópicos de géneros denostados o considerados demodé, por pertenecer al cómic juvenil de consumo masivo. Si la generación de Adrian Tomine y Craig Thompson bebió directamente de los logros de los grandes del cómic independiente, los autores más jóvenes del momento parecen contestarlos deliberadamente, moviéndose en el circuito de la small press, dibujando historias herméticas y extrañas, en las que las normas del relato clásico se subvierten y en las que se busca la especificidad de lo gráfico, renunciando a lo literario, ese adjetivo en el que pensamos casi inevitablemente al enjuiciar las grandes novelas gráficas del canon: Maus, Fun Home, Berlin. El dibujo acompaña ese giro a lo desconocido y rompe ya definitivamente con los cánones realistas del cómic clásico americano, e incluso con la tradición del cartoon. Formas abstractas, criaturas indefinidas, esquematismos, representación del espacio no naturalista… Todo eso, que tiene unos referentes amplios que desbordan el cómic, es lo que encontramos en la obra de autores como Kevin Huizenga, Jesse Jacobs o el propio DeForge, en diferente grado según el caso. Por supuesto, no es una ruptura total. De hecho el caso de DeForge es interesante por los puentes que lo unen con la tradición al tiempo que desarrolla una obra propia y personal.

Deforge tiene dos padres: por un lado, Charles Burns y sus ambientes insanos, sus historias asfixiantes de nueva carne, infecciones desconocidas y narraciones alucinada; y por otro, Chris Ware, ese gran faro por cuyo filtro parecen haber pasado la mayoría de los dibujantes que vinieron tras él, y del que Deforge toma su dibujo despojado y sintético, así como ciertos rasgos de su puesta en escena. En la era pre Ware, Burns podía retorcer los temas, pero estilísticamente remitía directamente a los clásicos del cómic americano. Y en ese contraste reside gran parte de su valor. DeForge, por el contrario, juega a otra cosa, y refuerza el hermetismo del contenido con el hermetismo de la forma.

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Si no estoy equivocado, a excepción de una excelente historia incluida en Terry (Fulgencio Pimentel, 2014), esta primera entrega de Lose que publica Dehavilland supone el primer contacto del público español con Michael DeForge, lo cual no deja de ser paradójico, porque seguramente sea uno de los autores más influyentes en nuestro cómic de vanguardia; su huella se rastrea de forma más o menos destilada en la obra de Ana Galvañ, Cristian Robles, Marc Torices, y puede que incluso Mireia Pérez o Antonio Hitos. Lose es el nombre del cómic que DeForge publicó con Koyama Press entre 2009 y 2013, tal vez como reminiscencia un tanto impostada, por lo tardío, del sistema de publicación que emplearon y desecharon años antes autores como Daniel Clowes o Chester Brown. Dehavilland recopila casi todo el material, pero deja fuera el primer número, a petición del propio autor, tal y como explica él mismo en un prólogo en el que nos pone sobre aviso: el material es irregular y, especialmente el más antiguo, malo. Se trata de una estrategia que también ha practicado Ware, y que consiste en ser el primer crítico de la obra propia, machacarla para que el lector no lo haga, al generarse una complicidad y empatía frutos de la sinceridad. Es difícil saber si esa opinión tan dura es realmente sincera, pero lo cierto es que ya nos sitúa en un estado de lectura determinado: esto que vamos a leer tiene un valor histórico, interesa porque permite ver la evolución de un autor que, hoy sí, entrega trabajos de calidad.

Efectivamente, ese valor existe. Pero también hay otros en estas historias experimentales, en las que DeForge se va buscando, tanto temática como gráficamene. Está llena de dudas, de cambios, de tonos narrativos diferentes. Siempre sobrevuela cierto humor y una visión distanciada —potenciada por el dibujo— de la realidad y la sociedad. En el mundo que dibuja DeForge hay poco espacio para la empatía, y la vida se escapa como un suspiro cuando menos nos damos cuenta. Por eso tal vez acabó dibujando una obra larga protagonizada por hormigas, Ant Colony (Drawn & Quaterly, 2014). En «Es Chip», una pieza poderosamente influida por Burns, da rienda suelta a su vena escatológica y crea un relato absorbente y hermético, en el que nunca sabremos qué está pasando exactamente, lleno de gusanos, carne putrefacta y extrañas infecciones, provocadas por una araña con una cabeza de caballo podrida sobre ella, que se convierte en el mejor amigo de un niño solitario y silencioso. «Aventura en la cueva» me ha sorprendido porque veo ya, de un modo primitivo, el tratamiento de personajes y los diálogos que luego desarrollará en Ant Colony y otras obras: personajes no humanos en entornos tan extraños que son, a todos los efectos, alienígenas.

«Alguien que conozco» es, de nuevo, totalmente deudora del universo de Burns: una historia de transformación del cuerpo adolescente, alegórica, en la que un joven pasa por algún tipo de intervención quirúgica desconocida, que provoca que bajo la piel le vaya creciendo un traje de cuero negro tachonado. «Perro 2070», con la que él mismo es muy duro, es ciertamente irregular y algo tópica en su trama de perro antropomorfo, oficinista perdedor y divorciado que ha perdido el amor de sus hijos. A pesar de ello, tiene momentos de genio, como la patética conversación del protagonista con la exnovia de su hijo adolescente.

Cuando practica su vena más oscura da una de cal y otra de arena: «Noche de improvisación» es desconcertante, pero su falta de información sobre la trama no genera emociones ni remueve nada más allá de lo obvio. En cambio, «Manananggal», que fue la primera historia de DeForge que leí, en la antología The Best American Comics 2013 (Houghton Mifflin Harcourt Books, 2013), conserva toda su fuerza mistérica, porque todo empuja en la misma dirección: ambiente, personajes y acción.

No sé si es significativo que las dos mejores historias de Lose traten sobre la adolescencia. También influye, desde luego, que sean más recientes, con DeForge más hecho, con un estilo más depurado y sólido, sabiendo ya más claramente lo que quiere hacer. En «Los sesenta» y sobre todo en «Viviendo al aire libre» están todos sus fetiches, todos sus temas, todo lo que hemos visto antes, pero mejor. Drogas de efectos impredecibles, la naturaleza como refugio pero también como peligro, la alienación de adolescentes inadaptados que buscan el amor o, al menos, sentirse parte de algo. Son los dos mejores relatos, en mi opinión, y los que demuestran sin duda el talento de Deforge, un autor clave en el cómic de vanguardia americano, que tiene, no lo olvidemos, tan sólo 28 años.