La muerte y Román Tesoro (Lorenzo Montatore)

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La muerte y Román Tesoro (Lorenzo Montatore). DeHavilland, 2016. Rústica. 17 x 24 cm. 64 págs. Color. 12,60 €

Lorenzo Montatore es un joven ilustrador que ha publicado ya varios fanzines, aunque yo le he conocido hace poco, durante la última edición de GRAF, gracias a un par de cómics autoeditados —especialmente bueno es OHG!— y, sobre todo, a su impresionante puesta de largo: La muerte y Román Tesoro, publicado por Dehavilland.

La muerte y Román Tesoro es un cómic relativamente breve pero intenso, un pulso de humor y experimentación gráfica que me ha fascinado, con la fuerza de esos artefactos tan bonitos que no puedes evitar volver a ellos una y otra vez. En él, Montatore se siente libre para mezclar influencias muy variadas en un caldo nuevo: como gran parte de la vanguardia, hunde su raíces en la tradición olvidada. En este caso, toma todo aquello que linda con lo absurdo y lo más loco, pero siempre con un poso de reflexión ligera. En sus páginas se rastrean los dibujos animados americanos clásicos, el trazo y el tono de los humoristas de la generación del 27, especialmente Tono, y el juego gráfico de algunos pioneros del cómic. Montatore subraya la libertad absoluta del dibujo, que una vez liberado de la necesidad de replicar mediante artificios nuestra realidad, se puede retorcer en cualquier dirección. Uno de los personajes puede, por ejemplo, asomarse a la siguiente página literalmente; otro puede cagar al protagonista. El mundo en el que se desarrollan las pequeñas historias —cada una con un tono gráfico y una composición de página diferente— tiene la alegría y libertad del Coconino County de Krazy Kat, el caos del Unifactor de Frank y la inocencia agridulce de los universos de La Gorda de las galaxias. Los espacios abiertos son un campo de juegos para que Román Tesoro y su montura caracol se muevan libremente. Como en Vapor de Max, Román se encuentra con diferentes personajes, y en sus diálogos —al igual que en las coplas que le canta su montura— se entreve la tristeza: como sucede con varios de sus referentes, en el fondo La muerte y Román Tesoro es un tratado sobre la soledad.

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Pero eso no significa que no sea divertido y deslumbrante. La mezcla casi violenta entre cante jondo y videojuegos —el Super Mario Bros clásico, principalmente—, aderezada con una imaginación fertil y una pericia técnica destacable, genera páginas potentísimas, donde los trazos rotundos, con la fuerza de los grandes maestros en los que se mira Montatore, se aplican con una mirada sofisticada. La estética y la ética son una.

Esta manera de contar cosas recurriendo a lo gráfico, sin apoyarse apenas en un discurso textual, es uno de los grandes hallazgos del lenguaje del cómic. Abandonar la densidad de los monólogos y diálogos para transmitir sensaciones y conceptos a través de herramientas que sólo da el dibujo es algo que caracterizó al primer cómic, y está caracterizando al último. Hay un hilo invisible que une el origen con lo contemporáneo, que lejos de servir para el homenaje literal, está insuflando vida y energía a toda una corriente subterránea que está emergiendo a la superficie y desarrollándose a partir de ese reencuentro con las raíces en nuevas e insospechadas direcciones. La muerte y Román Tesoro no habría sido posible hace cinco años en las mismas condiciones editoriales; pero, seguramente, ni siquiera hace dos años habría podido aparecer fuera del ámbito de la autoedición.