No tiene gracia (Joaquín Guirao)

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No tiene gracia (Joaquín Guirao). Libros de autoengaño, 2016. Rústica con solapas. 21 x 15 cm. 88 págs. Color. 12 €

Joaquín Guirao lleva algunos años ofreciendo su trabajo en fanzines y en la red. Se trata de un autor de influencias variadas, que puede recurrir a los funny animals pervertidos, al humor negro, al sexo o a la escatología, pero que siempre mantiene algo constante: un punto de vista alterado. Me refiero a que su mundo, o sus mundos, más bien, no son el nuestro: las reglas sociales son otras, todo está alterado y el humor se construye, a menudo, sobre la base de la ruptura de esas reglas. Los personajes de Guirao son en muchas ocasiones inadaptados que desean encajar desesperadamente, pero que no pueden hacerlo porque el mundo que los rodea se comporta de un modo ininteligible. Se adivina una lógica, pero es alienígena. La cara sudorosa con una sonrisa nerviosa estampada es la imagen más característica de su obra. No me gusta recurrir a los adjetivos «absurdo» o «surrealista» para definir su humor, porque creo que lo que hace Guirao es otra cosa, menos directa: es un humor humanista, que demuestra una enorme empatía hacia el sufrimiento y la exclusión social, y que reflexiona a través de imágenes y diálogos sobre las mecánicas sociales que provocan esa marginación.

En sus obras más largas hasta el momento, La vida se te escapa(Entrecomics Comics, 2015) y Love Thing (publicado en un mismo cómic junto a To majetes, de Álvaro Samaniego, Mazo Cómics, 2013) vira a cierta comedia de situación en la que la mecánica social, aunque extremada, sí es reconocible. Funciona de un modo diferente, pero es igualmente efectiva que la representación distorsionada de ciertas piezas cortas, que forman el grueso de No tiene gracia, el recopilatorio que acaba de publicar Libros de autoengaño.

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Se trata de una colección de trabajos aparecidos en internet y en fanzines colectivos e individuales, que ofrece pocas sorpresas al seguidor habitual de Joaquín Guirao, pero que permite tener agrupadas páginas que por su propia naturaleza estaban demasiado dispersas. Es también una ocasión perfecta para acercarse al Guirao más oscuro y hermético, al que es capaz de generar un mundo entero no ya en una página, sino en una sola ilustración, si es preciso. Sorprende porque no se acomoda. Se arriesga siempre, aun consciente de que el resultado puede no ser siempre excelente. A veces el experimento se queda en eso, pero la mayoría, la pieza atrapa y provoca emociones viscerales.

¿Por dónde empezar? No se trata de hacer un recorrido completo por las páginas del libro, pero sí de destacar algunas cosas interesantes. Por ejemplo, cómo permite la recopilación de páginas separadas en el tiempo y el espacio descubrir muchos registros narrativos, y no me refiero solamente al trazo. En algunas historias denuncia el maltrato animal de un modo tan frontal, tan ausente de cursilería, que puede causar un rechazo igualmente directo. Nos enfrenta a situaciones duras que no siempre gusta ver, pero consigue generar la reacción exacta que está buscando. Lo mismo puede pasar con las escenas de abusos, maltratos psicológicos o humillaciones. El tono puede quedarse en algo cercano a lo cotidiano, o puede lanzarse al espacio, literalmente, en una historia en la que un hombre consigue volar en su coche empleando como combustible «lo poco que me quiero».

El libro incluye tres historias de cierta extensión: la primera, «Ábrete», se publicó originalmente como fanzine para acompañar a los primeros ejemplares vendidos, y es una sátira de las terapias tremenda. La segunda es su cómic realizado en 24 horas siguiendo las normas del reto anual del salón del cómic de Angulema: una historia que se sumerge en un videojuego de mazmorras fantásticas medievales para explorar las relaciones personales de sus personajes. Por último se incluye la historia «El futuro de los simios», con guión de Diego Núñez y aparecida en Meinstrîm (2014), una excelente historia de costumbrismo adolescente simiesco, muy decadente.

Otras historias muy destacables, para mí, de hecho, de lo mejor de Guirao, son de las más atípicas. La página en la que dos chicos hablan de sexo —no puedo especificar más sin contar el gag entero—, por ejemplo, o las instrucciones de un frigorífico, que adopta el grafismo sintético y frío de los manuales pero cuenta una historia bastante perturbadora. Otra cumbre es la historia de tres páginas sobre aprender inglés, que es sin duda una de las más raras y afásicas —los personajes hablan de un modo muy extraño, como si tuvieran dificultades en el habla o estuvieran mal traducidos— de Guirao. «Cómo hacer cómics» es un manifiesto en toda regla y un puñetazo en la cara del academicismo.

En conjunto, No tiene gracia funciona como muestrario de lo que Joaquín Guirao es capaz de hacer, ofrece algunas de sus mejores historias y sirve como puesta de largo, no tanto por aparecer en papel, en una buena edición, sino más bien por el peso de la suma de un material que en su publicación original puede pasar más desapercibido de lo que su calidad merece.